Mi follada prohibida con el jefe en la oficina: infiltrándome desnuda en su juego

Trabajo en una oficina llena de tíos duros, jefes de equipo que se matan en simuladores VR durante las pausas. Yo soy la nueva, la que trae cafés y hace de comer, pero un día me picaron. ‘¿Quieres unirte?’, me dijo el jefe, con esos ojos azules que me derriten. Asentí, corazón latiendo fuerte. Me metí en su sesión de rescate de rehenes. Elegí el destornillador silencioso, nada de armas. Me colé por los conductos de ventilación, sudando, el aire frío rozándome la piel.

Ellos flipaban desde fuera. ‘¿Dónde coño está?’, gruñía el Armario, mi compañero grandote. Yo gateaba, silenciosa, llegué al rehén más lejano. Le puse el dedo en la boca, ‘shhh’, y lo saqué colgando cabeza abajo de un tubo. Adrenalina pura, el reloj tic-tac. Ganamos por los pelos. Grité de alegría, todos me miraron como si fuera una diosa. ‘Juega otra’, pedí. Ahora defendíamos. Me quité la ropa virtual, se la puse al rehén y me hice pasar por él, desnuda, rodillas en el suelo, manos en la cabeza.

La tensión sube entre miradas y el juego prohibido

Un rival del otro equipo se acercó, piel morena, cuerpo perfecto. ‘Quítate la ropa’, ordenó. Obedecí, tetas al aire, coño expuesto. Me miró babeando, tragó saliva. ‘Joder, qué realista está el juego ahora’. Me llevó por los conductos, su polla tiesa rozándome. Yo fingía ser bot, impasible, pero mi clítoris palpitaba. Casi nos pillan, pero ganamos otra vez. Salí exhausta, riendo, ellos alucinados. El jefe me miró diferente, hambriento.

Al día siguiente, crujiendo de agujetas, el jefe aparece en mi rinconcito privado, la sala de descanso con máquina de sport. ‘¿Duele?’, pregunta, ojos clavados en mis pechos sudados bajo la camiseta. Camino en la cinta, él se acerca. Hablamos del juego, de cómo les engañé desnuda. ‘¿Sabes el efecto que causas?’, dice, quitándose la camisa. Torso duro, músculos marcados. Me arde el coño. ‘¿Quieres a alguien en concreto o solo sexo?’, prueba. Dudo, roja. ‘Prueba conmigo’, murmura, y me besa el cuello.

El polvo brutal y el regreso al curro como si nada

No aguanto. Le bajo los pantalones, su polla salta, gruesa, venosa, goteando precum. ‘Joder, qué grande’, gimo. Me empuja contra la pared, máquina zumbando. Me arranca las mallas, dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta’, gruñe. Me penetra de golpe, polla abriéndome en canal. Grito, duele rico. Me folla salvaje, embestidas brutales, tetas botando. ‘Cállate o nos oyen’, jadea, tapándome la boca. Chupo sus dedos, él me da en el culo, palmadas que queman. Cambio, me pone a cuatro, máquina como apoyo. Me come el coño de atrás, lengua en mi ano. ‘Voy a correrme’, aviso. Él acelera, polla martilleando mi glande interno.

Me corro como loca, chorros mojando el suelo, piernas temblando. Él saca, me gira, me llena la boca. Trago su leche espesa, salada, gimiendo. Nos quedamos jadeando, sudor pegajoso. ‘Vístete, hay reunión’, dice serio, abrochándose. Yo me limpio rápido, coño palpitante, sonrisa pícara. Salimos, él delante, yo detrás. En la oficina, cafés y papeles como si nada. Pero sé que volverá. El riesgo me pone cachonda.

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