Ay, chicas, aún me late el corazón solo de pensarlo. Ayer en la oficina, trabajando con Gabriel, ese tío con traje impecable que me pone a mil. Estábamos revisando expedientes en mi mesa, el aire cargado de ese olor a café rancio y impresora caliente. Él se acerca más de la cuenta, su rodilla roza la mía bajo la mesa. ‘¿Ves este dato aquí?’, dice, pero sus ojos… uf, clavados en mis tetas, que asoman por la blusa medio desabotonada.
Yo sonrío, nerviosa, cruzo las piernas para que no note lo húmeda que ya estoy. ‘Sí, Gabriel, pero… ehm… mira este otro’, balbuceo, mientras su mano ‘accidentalmente’ cae sobre mi muslo. La piel me arde bajo la falda. No la aparto. Al contrario, aprieto un poco. Él traga saliva, su aliento cálido en mi cuello. ‘Charlotte, joder, no puedo concentrarme contigo así’, murmura, voz ronca. El resto de la oficina zumba: teléfonos, teclados, gente pasando. La adrenalina me sube por la espina.
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
De repente, me agarra la mano y tira de mí hacia la sala de reuniones vacía al fondo. ‘Ven, hay que revisar algo privado’, susurra. Cerramos la puerta, tiro la llave. Espacio nuestro. Sus labios chocan contra los míos, beso salvaje, lenguas enredadas, sabor a menta y deseo. Manos por todas partes. Me sube la falda, dedos en mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta’, gruñe, y yo gimo: ‘Sí, fóllame ya, no aguanto’.
Lo empujo contra la mesa, le bajo el pantalón de un tirón. Su polla salta dura como piedra, venosa, goteando precum. La agarro, masturbo fuerte, él jadea: ‘Joder, Charlotte, chúpamela’. Me arrodillo, el suelo frío contra mis rodillas, abro la boca y la engullo. Mmm, sabor salado, la chupo profunda, lengua en el glande, bolas en mi mano. Él me agarra el pelo, folla mi boca: ‘Así, traga toda mi verga’. Babas por la barbilla, gorgoteos, casi me corro solo de oírlo gemir.
No aguanto más. Me levanto, me quito el tanga, me subo a la mesa abriendo las piernas. ‘Métemela, Gabriel, rómpeme el coño’. Él se coloca, frota la punta en mi clítoris hinchado, entra de un empujón. ¡Ay, Dios! Llena, estira mis paredes, duele rico. Empieza a bombear, lento al principio, luego bestial. Pla pla pla, piel contra piel, mi coño chapotea jugos. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, grito bajito, mordiéndome el labio. Él me aprieta las tetas, pellizca pezones, yo clavo uñas en su espalda. Sudor gotea, olor a sexo crudo invade la sala.
El polvo intenso y el regreso al curro como si nada
Cambiamos: me pone a cuatro patas sobre los expedientes, papeles volando. Me agarra las caderas, la polla entra hasta el fondo, golpetea mi culo. ‘Tu coño es una puta gloria, aprieta más’, jadea. Yo revuelvo: ‘Córrete dentro, lléname de leche’. Orgasmo me arrasa, tiemblo, chorro caliente sale de mí. Él ruge, bombea unas últimas y explota: semen caliente inunda mi útero, chorros y chorros, desborda por mis muslos.
Jadeamos, pegados, su polla aún palpitando dentro. ‘Hostia, ha sido brutal’, dice él, besándome el cuello. Yo río temblorosa: ‘Pero calladito, que nos pillan’. Nos separamos despacio, limpiamos con kleenex los chorros de corrida en la mesa. Me pongo el tanga, ajusto falda, blusa. Él se sube el pantalón, cierra cremallera. Mirada rápida al espejo: pelo revuelto, labios hinchados, pero pasable.
Salimos por separado. Él primero, yo dos minutos después. Vuelvo a mi mesa, coño palpitando, semen goteando aún. ‘¿Todo bien?’, pregunta un compañero. ‘Sí, ehm, perfecto’, sonrío fingiendo normalidad. Gabriel pasa, guiño disimulado. Adrenalina pura, piernas flojas todo el día. Mañana… ¿repetimos?