Ay, chicas, os lo cuento como si acabara de pasar, porque el corazón aún me late fuerte. Trabajo en una oficina grande, de esas con cubículos y archivadores por todos lados. Hoy, con mi compañero Pablo, el de contabilidad… uf, desde la mañana las miradas eran puro fuego. Él en su mesa, yo en la mía, separadas por una pila de dossiers. Pero cada vez que pasaba, rozaba mi brazo, y yo sentía ese cosquilleo… sabéis, ¿no?
Estábamos revisando unos informes juntos, solos en la sala de reuniones pequeña. La puerta entreabierta, el aire acondicionado zumbando. ‘Pablo, este número no cuadra’, le digo, inclinándome sobre la mesa. Él se acerca, su aliento en mi cuello. ‘Déjame ver, nena’, murmura, y su mano roza mi muslo bajo la falda. Yo no me aparto. Al contrario, abro un poco las piernas. Siento su dedo subir, lento, por mi piel. ‘Estás caliente’, dice bajito. Yo río nerviosa, ‘shhh, que oigan’. Pero mi coño ya palpita, húmedo.
La tensión sube entre los papeles y las miradas
Sus dedos llegan a mi braguita, la nota empapada. ‘Joder, qué mojada estás’, susurra, frotando por encima. Yo gimo suave, mordiéndome el labio. Miro la puerta, el pasillo vacío. Él mete un dedo dentro, despacio, y yo me estremezco. ‘Pablo… para, que viene alguien’. Pero no para, acelera, y yo me retuerzo en la silla, mis tetas endureciéndose bajo la blusa. Le cojo la polla por encima del pantalón, dura como piedra. ‘Ven, vamos al archivo’, le digo jadeando. Nos miramos, ojos brillantes, y salimos como si nada, pero con la sangre hirviendo.
El cuarto de archivos está al fondo, oscuro, lleno de estanterías polvorientas. Cerramos la puerta, pero no con llave, eh? Eso es lo que mola, el riesgo. Nos besamos como locos, lenguas enredadas, manos everywhere. Le bajo la cremallera, saco su polla gruesa, venosa, ya goteando. ‘Mmm, qué rica’, digo, arrodillándome. La lamo desde la base, chupando las bolas primero, luego el glande hinchado. Él gime, ‘joder, chúpamela bien’. La meto entera en la boca, succionando fuerte, saliva chorreando. Él me agarra el pelo, follando mi boca despacio.
El acto brutal en el cuarto oscuro
Pero oímos pasos fuera. ‘¡Mierda!’, susurro, parando. Nos quedamos quietos, su polla latiendo en mi mano. Pasan de largo. Yo río, ‘casi’. Él me pone contra la pared, sube mi falda, arranca la braguita. ‘Mira cómo chorreas, puta cachonda’. Me lame el coño, lengua plana lamiendo el clítoris, metiendo dos dedos dentro, curvados. ‘¡Ahh, sí, así!’, grito bajito, temblando. Me corro rápido, jugos en su boca, piernas flojas. Él no para, me gira, me pone a cuatro patas entre cajas.
Siento su polla en mi entrada, resbaladiza. ‘Fóllame fuerte’, le ruego. Entra de un empujón, llenándome el coño hasta el fondo. ‘¡Qué prieta estás!’, gruñe, embistiéndome brutal. Pla-pla-pla, sus huevos golpeando mi culo. Yo me cambré, tetas rebotando, ‘más, joder, rómpeme’. Él me agarra las caderas, follando como animal, sudando. Me mete un dedo en el culo, y exploto otra vez, gritando ‘¡me corro, cabrón!’. Él acelera, ‘me vengo’, y sale, eyaculando chorros calientes en mi cara y tetas. ‘Toma, tragatelo’, dice, y yo lamo lo que puedo, riendo exhausta.
Nos limpiamos rápido con kleenex, nos vestimos temblando. ‘Venga, a trabajar como si nada’, digo guiñando. Salimos, caras rojas, pero profesionales. Justo entonces, entra el jefe por el pasillo. Nos miramos, conteniendo la risa. Corazón a mil, coño aún palpitando. Mañana… ¿repetimos?