Mi orgasmo prohibido espiando a Cristina en la oficina

Uf, qué día de locos en la oficina. Todos corriendo de un lado a otro, pilas de dossiers por todas partes, el jefe gritando plazos. Yo, ahí en mi cubículo, intentando concentrarme en los informes. Pero mis ojos… siempre se desviaban hacia ella. Cristina, mi compañera nueva. Esa morena con curvas que quitan el aliento, falda ajustada marcando el culo perfecto. Cada vez que pasaba, nos cruzábamos las miradas. Largas, intensas. Ella sonreía de lado, yo sentía un calor subiéndome por el coño. ‘¿Qué coño te pasa?’, me decía yo misma, pero no podía parar. Sus tetas rebotando bajo la blusa, el perfume que dejaba flotando. Durante la reunión, su pierna rozó la mía por ‘accidente’. Joder, mi clítoris se despertó al instante. Me mordí el labio, disimulando. El día se hizo eterno. Emails, llamadas, café frío. Pero esa electricidad entre nosotras… crecía. Al final del turno, la mayoría se fue. Yo tenía que terminar un reporte urgente. La oficina casi vacía, solo luces tenues. Oí su taconeo. Me asomé. Su despacho, al fondo del pasillo, aún iluminado. El corazón me latía fuerte. ¿Y si…? Nah, no podía. Pero el morbo me pudo. Caminé sigilosa, como una ladrona. La puerta entreabierta de mi antiguo cubículo vacío daba justo a su ventana. Perfecto. Me colé dentro, en penumbras. Desde ahí, vista clara a su mesa. Ella estaba sola. Se había quitado la chaqueta, blusa desabotonada. Solo medias blancas con encaje y tanga diminuta. Dios… su cuerpo iluminado por la lámpara de escritorio. Se sentó en el borde de la mesa, piernas flexionadas, pies en el suelo. Brazos cruzados bajo las tetas, empujándolas arriba. Los pezones duros, rosados, aureolas perfectas asomando. Me quedé paralizada. Mi mano ya bajaba sola por mi falda. ‘No… sí, joder’, pensé. Ella empezó lento. Dedos por los muslos interiores, subiendo. Presionando fuerte. Pulgares rozando las labios del coño. Boca entreabierta, jadeos suaves. ‘Ah… sí’. La oía. Su mano izquierda subió a las tetas. Uñas arañando aureolas, pellizcando pezones. Fuerte, suave, mezcla brutal. Yo… ya tenía la falda subida, braga a un lado. Dos dedos en mi coño empapado, pulgar en el clítoris. ‘Mierda, qué puta eres, Cristina’. Me recosté en la silla, tetas fuera del sujetador. Redondas, hinchadas de deseo. Quería morderlas, pero no perdía detalle. Ella aceleró. Dedos hundiéndose en el coño, vaivén rápido. Muslos abriéndose, cerrándose. Mano lujosa saliendo brillante de jugos, reins arqueados. Agarró una nalga, abrió el coño más. Se arañaba el culo, labios mordidos de placer. Yo gemía bajito, ‘¡Córrete, zorra!’. Olas me subían, ojos cerrándose. Pero la vi: se giró de lado, culo en pompa, coño chorreando, dedos follándolo salvaje. Bestial. Entonces, el golpe: arqueó la espalda, dedo medio en su ano prieto. ‘¡Joder, tu culito me mata!’. Perdí el control. Piernas sobre hombros, dedo en mi culo, frotando clítoris frenético. Orgasmo brutal. ‘¡Me corro, puta!’. Vagas de fuego, contracciones en el ano, hoquetos. No paré. Mano de nuevo al coño, parietes ardiendo. Segundo clímax,盆盆 hacia la ventana, grito ahogado. ‘¡Aaaah!’. Ella temblaba en éxtasis, cuerpo blanco contra la noche. Me dejé caer, sudada, vacía. Felicidad pura. Minutos después, recogí todo. Me arreglé el pelo, bajé la falda. Salí como si nada. Oficina oscura. Volví a mi escritorio, tecleé el reporte. Mañana, la veré. Sonreiré. Nuestro secreto. Adrenalina total. Joder, qué noche.

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