Trabajo en una oficina de construcción, rodeada de planos, presupuestos y tíos con brazos como troncos. Hoy… uf, hoy fue con Kevin, el capataz bodybuildé que me pone cardíaca cada vez que pasa. Estábamos solos en la sala de reuniones, revisando unos dossiers para un cliente grande. Él se inclinaba sobre la mesa, su camisa ajustada marcando esos pectorales duros, y yo… yo sentía el calor subiendo por mis muslos. ‘Mira esto, María, el presupuesto se ha jodido aquí’, me dice, rozando mi mano con la suya, gruesa, callosa de tanto manejar herramientas. Yo levanto la vista, sus ojos oscuros clavados en mí, y noto cómo se me acelera el pulso. ‘Sí… eh, déjame ver’, balbuceo, pero mi voz sale ronca, traicionera. Nuestras rodillas se tocan bajo la mesa, y no apartamos la mirada. El aire se espesa, huele a su colonia fuerte mezclada con sudor masculino. Siento mi coño humedeciéndose, las bragas pegajosas. Él sonríe de lado, esa sonrisa de depredador. ‘Estás distraída hoy, ¿no?’, murmura, su aliento cálido en mi oreja mientras finge señalar un plano. Mi pezón se endurece contra la blusa, y aprieto las piernas para calmar el cosquilleo. La puerta está entreabierta, se oyen voces en el pasillo… joder, la adrenalina me recorre como electricidad. ‘Cierra eso’, le susurro, mordiéndome el labio. Él se levanta, echa el pestillo con un clic que me eriza la piel, y ya estamos solos. Su mano grande en mi nuca, me atrae hacia él. Nuestros labios chocan, besos húmedos, lenguas enredadas con sabor a café y deseo puro.
No perdemos tiempo. ‘Quítate eso’, gruñe, arrancándome la blusa. Mis tetas saltan libres, pezones tiesos pidiendo su boca. Él chupa uno, fuerte, mordisquea hasta que gimo bajito, ‘¡Ay, joder, sí!’. Le bajo la cremallera, su polla salta dura como hierro, venosa, cabezota hinchada goteando pre-semen. ‘Mira qué pedazo de verga’, digo lamiéndome los labios, y me arrodillo. La engullo entera, hasta la garganta, sintiendo cómo palpita contra mi paladar. Él agarra mi pelo, folla mi boca con embestidas salvajes, ‘¡Traga, puta, toda mi polla!’. Babeo por su tronco, huevos peludos rozando mi barbilla, el olor almizclado me enloquece. Me pone de pie, me baja las bragas de un tirón, moja sus dedos en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, zorra’, dice metiendo dos dedos, curvándolos contra mi punto G. Gimo alto, pero tapa mi boca con la suya. Me sube a la mesa, papeles volando al suelo, y me abre las piernas. Su polla roza mi entrada, resbaladiza, y empuja de golpe. ‘¡Fóllame fuerte!’, suplico, clavando uñas en su espalda. Me taladra sin piedad, el escritorio cruje, mi coño se estira alrededor de su grosor, succionándolo. Cada embestida golpea mi cervix, placer-dolor que me hace gritar. Cambio de posición, me pone a cuatro patas, nalgas al aire. Me azota el culo rojo, ‘¡Toma, por guarra!’, y me penetra anal, lubricado con mis jugos. ‘¡Tu culo es mío!’, ruge, bombeando brutal. Siento su verga abriéndome, bolas golpeando mi clítoris. Me corro primero, chorros calientes salpicando, cuerpo temblando, ‘¡Me vengo, joder, no pares!’. Él acelera, gruñe como animal, y explota dentro, lechada caliente inundando mi recto, goteando por mis muslos.
La tensión sube entre papeles y miradas
Jadeamos, sudorosos, pegados. ‘Ha sido… increíble’, murmura besándome el cuello. Nos separamos despacio, limpiándonos con toallitas del cajón. Me visto temblando, coño palpitante, culo dolorido pero satisfecho. Él arregla la mesa, recoge papeles. ‘Vuelve al curro como si nada’, dice guiñando. Abro la puerta, caras normales, saludo a los compañeros. Camino con piernas flojas, sintiendo su semen resbalando, sonrisa disimulada. Nadie sospecha, pero yo… yo vivo para esto, el riesgo, el morbo. Mañana, más dossiers, más miradas.