Buff, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Hoy en la oficina, con el aire acondicionado a tope y el ruido de los teclados, empecé a notar las miradas de Javier, mi compañero de al lado. Llevamos semanas tonteando, pero hoy… uf, había algo en el aire. Estaba revisando unos expedientes en mi mesa, y él se acerca con una carpeta. ‘Oye, María, ¿me ayudas con esto?’, dice bajito, rozándome el brazo. Su mano se queda un segundo de más. Siento el calor subiendo por mi cuello. Le miro, sonrío… ‘Claro, ven’. Nos metemos en la sala de archivos, esa que cierra por dentro. ‘Es que aquí estamos solos’, murmura él, cerrando la puerta. El corazón me late fuerte, la adrenalina de que alguien pueda entrar en cualquier momento me pone a mil.
Nos acercamos, nuestros cuerpos casi pegados entre las estanterías llenas de papeles. Siento su aliento en mi oreja. ‘Joder, María, no aguanto más viéndote con esa falda’, susurra. Yo, que soy una puta viciosa para estas cosas, le cojo la mano y la meto bajo mi falda. ‘Tócame, pero rápido’, le digo, mordiéndome el labio. Sus dedos rozan mi tanga, ya empapada. ‘Estás chorreando’, dice riendo bajito. Empiezo a mover las caderas, abro un poco las piernas. Él me besa el cuello, mordisquea. El olor a papel viejo y su colonia me marea. Oigo voces fuera, cerca… mierda, casi nos pillan ya y ni hemos empezado.
La tensión sube entre los escritorios
No aguanto más. Le bajo la cremallera del pantalón, saco su polla dura como una piedra. ‘Mmm, qué verga más gorda’, gimo. Se la meneo fuerte, él gime contra mi boca. Me gira, me sube la falda hasta la cintura y arranca mi tanga de un tirón. ‘Voy a follarte aquí mismo’, gruñe. Siento la punta de su polla en mi coño, resbaladizo de jugos. Empuja de golpe, me llena entera. ‘¡Ahhh! Joder, sí…’, chillo bajito. Me agarra las tetas por debajo de la blusa, pellizca los pezones duros. Empieza a bombear, fuerte, salvaje. Cada embestida hace que las estanterías tiemblen, papeles caen al suelo. Su polla entra y sale, rozando mi clítoris, chapoteando en mi humedad. ‘Tu coño me aprieta tanto… puta zorra de oficina’, me dice al oído. Yo me empino, restrego el culo contra él. ‘Fóllame más duro, hazme correrme’, jadeo. Introduce un dedo en mi culo mientras me taladra el coño, dobla otro dentro de mí, me masturba el clítoris con el pulgar. Siento el orgasmo subiendo, las piernas flojas. ‘Me corro… ¡me corro!’, grito ahogada. Él no para, me folla a través de las contracciones, mi coño chupa su polla. Oigo pasos fuera, el pomo de la puerta… adrenalina pura.
El polvo brutal y el regreso al curro
Sigue dándome caña, cambia de posición. Me pone contra la pared, levanta una pierna y me penetra de nuevo, profundo. ‘Voy a llenarte de leche’, dice entre dientes. Acelera, sus huevos chocan contra mi culo. Siento su polla hincharse, palpitar. ‘¡Sí, córrete dentro!’, le ruego. Explota, chorros calientes inundan mi coño, gotean por mis muslos. Yo tiemblo, otro orgasmo me sacude. Nos quedamos jadeando, pegados, sudados. Su semen resbala fuera, lo siento caliente en la piel.
‘Joder, ha sido brutal’, dice él, besándome. Nos arreglamos rápido: falda abajo, polla guardada, tanga hecha un ovillo en el bolsillo. Limpiamos los papeles del suelo, salimos como si nada. ‘Gracias por la ayuda con los expedientes’, digo en voz alta al volver a las mesas. Nuestras miradas se cruzan, cómplices. Nadie sospecha. Pero yo… sigo notando su corrida entre las piernas todo el día, recordando el riesgo. Mañana, ¿repetimos?