Trabajo en una oficina abierta, llena de escritorios y ruido constante. Carlos es el nuevo, unos años más que yo, alto, con esa mirada que te desnuda. 28 años, yo 24, morena, tetas firmes que se marcan bajo la blusa. Siempre coqueteamos con los ojos, pero ayer… uf, se desató todo.
Estábamos revisando unos dossiers en mi mesa. La oficina petada, pero nos apretujamos. Él se sienta al lado, su muslo roza el mío. Siento el calor de su pierna contra mi falda. ‘Pásame ese informe, anda’, dice, y su mano frena un segundo en mi rodilla. Me mojo un poco, joder. Levanto la vista, sus ojos clavados en mi escote. Sonrío, picara. ‘¿Qué miras tanto?’, le suelto bajito. Él ríe, nervioso. ‘No sé, tus curvas me distraen’. El corazón me late fuerte, la adrenalina sube. Muevo la pierna, froto contra la suya a propósito. Su polla se nota ya dura bajo los pantalones. Nadie nos ve, pero el riesgo… me flipa.
La tensión sube con miradas y roces entre papeles
De repente, ‘Venga, vamos a la sala de reuniones, hay más espacio’, propongo. Él asiente, ojos brillantes. Cerramos la puerta, echamos el pestillo. Ya estamos solos. El espacio se hace íntimo, aire cargado. Me empuja contra la mesa, sus manos en mi cintura. ‘Llevo semanas fantaseando con esto’, murmura, besándome el cuello. Gimo suave, ‘Shh, que nos oyen’. Pero le meto la mano en el pantalón, agarro su polla gruesa, ya tiesa como una barra. ‘Joder, qué dura’, digo, masturbándola lento. Él me sube la falda, dedos en mi tanga. ‘Estás empapada, puta’, ríe. Me la quita de un tirón, mete dos dedos en mi coño chorreante. ‘Ah… sí, así’, jadeo, abriendo las piernas.
El follón intenso y sin frenos en la sala privada
No aguanto más. Me gira, me pone a cuatro sobre la mesa, papeles volando. Baja mis bragas del todo, me abre el culo. Siento su lengua en mi chocho, lamiendo clítoris, chupando fuerte. ‘Mmm, sabe a gloria’, gruñe. Me corro rápido, temblando, mordiéndome el labio para no gritar. ‘Fóllame ya, Carlos, métemela’. Él se desabrocha, saca la polla venosa, gorda, con el capullo morado. Me la restriega en la entrada, juguetona. ‘Pídemelo, zorra’. ‘Por favor, clávamela hasta el fondo’. Empuja, entra de golpe, rompiéndome. ‘¡Hostia, qué prieta!’, gime. Me taladra salvaje, pellizcándome los pezones duros. Yo empujo contra él, coño apretando su verga. Sudor, jadeos, el escritorio cruje. ‘Más fuerte, joder, rómpeme’. Cambiamos, me sube encima, cabalgo como loca, tetas rebotando. Su polla me llena, frota justo ahí, el punto G. ‘Me voy a correr’, aviso. Él acelera, ‘Yo también, agárrate’. Eyacula dentro, chorros calientes inundándome el útero. Yo exploto, coño convulsionando, uñas en su pecho.
Nos quedamos jadeando, polla aún dentro, semen goteando por mis muslos. ‘Joder, ha sido brutal’, dice él, besándome. Me bajo, me limpio rápido con kleenex, me subo la falda. ‘Vámonos antes que alguien entre’. Salimos, cara de póker. Volvemos a nuestros sitios, como si nada. Él me guiña ojo, yo sonrío. El resto del día, coño palpitando, bragas húmedas de restos. La adrenalina… no hay nada igual. Quiero más.