Trabajo en una oficina grande, pero en esta ala de archivos estamos casi solos. Yo y Carlos, el chico de al lado. Llevamos semanas así, mirándonos de reojo mientras rebuscamos en los estantes altos. Él con su camisa ajustada, yo con mi falda plisada gris, esa que sube fácil. Al principio, solo saludos con la cabeza. Pero… noto sus ojos bajando a mis piernas. Y yo, joder, me excito con eso.
Hoy, cojo la escalera rodante para un expediente arriba. Subo despacio, sé que está debajo. Siento el aire fresco en las nalgas. Llevo un tanga blanco, finito, con encaje. Pelo pubiano asomando por los lados, negro y rizado. Me giro un poco, finjo ajustar la escalera. ‘¿Me sujetas por si me caigo?’, le digo riendo, voz temblorosa. Él levanta la vista… directo a mi coño. Se queda parado, ojos clavados. No dice nada, pero su cara… dilatada.
La tensión sube entre los expedientes
Bajo un poco, la escalera no rueda. ‘Empújala con el pie’, le pido. Nada. ‘Hay un seguro’, murmura. Bajo del todo, y zas, mi falda le tapa la cara un segundo. ‘Perdón…’, susurro, pero rozo su hombro con el culo. Él empuja la escalera, yo subo de nuevo. Siento su mirada quemándome. Bajo el expediente, vuelvo a mi mesa. Pero no aguanto. Levanto la vista: él me mira fijo. ‘Bonita tanga’, dice bajito. Me río nerviosa. ‘¿Te gusta? Es cómoda… y deja ver todo’.
Pasan los días. Mañana siguiente, subo otra vez. Cambio de tanga: un hilo dental negro, transparente delante. Me agacho un poco, falda arriba. ‘Mira, me depilé los lados por ti’. Él se acerca, cara a la altura perfecta. ‘Joder, qué coño más bonito. Se ve la raja… húmeda ya’. Toco el encaje con el dedo. ‘¿Quieres tocar?’. Su mano sube, roza mis labios por encima. Tiemblo. ‘Poilosa pero sexy’, dice. Yo gimo bajito.
Al mediodía, nadie alrededor. ‘Ven al archivo de atrás’, le digo. Corazón latiendo fuerte. Es un cuartito privado, con estantes y una mesa vieja. Cerramos la puerta, pero no llave… el riesgo me pone a mil. Nos miramos. ‘Quítamela’, susurro. Él tira del tanga, lo arranca. Mi coño al aire, chorreando. ‘Eres una puta de oficina’, dice, y me besa el cuello. Manos por todas partes. Le bajo el pantalón: polla dura, gorda, venosa. ‘Chúpamela’, ordena.
El polvo brutal y sin frenos
Me arrodillo en el suelo sucio. Boca abierta, lengua en el glande. Salado, caliente. La engullo entera, hasta la garganta. Él gime, agarra mi pelo. ‘Joder, qué boca… trágatela toda’. Escupo saliva, la meneo con la mano. Él me empuja contra la mesa. ‘Abre las piernas’. Piernas en alto, coño expuesto. Dedos dentro, dos, tres. ‘Estás empapada, zorra’. Lame mi clítoris, chupando fuerte. Grito ahogado: ‘¡Sí, come mi coño!’. Lengua metida, labios succionando. Me corro rápido, jugos en su cara.
No para. Me pone a cuatro patas. Polla en la entrada. ‘Te voy a follar como una perra’. Empuja: llena, estira mi coño. Golpes secos, huevos contra mi culo. ‘¡Más fuerte! ¡Fóllame!’. Sudor, olor a sexo. Manos en mis tetas, pellizcando pezones. Cambio: yo encima, cabalgo. Polla hundiéndose, clítoris frotando. ‘Me corro… ¡ahhh!’. Él gruñe, me llena de leche caliente. Chorros dentro, goteando.
Jadeamos. Él sale, semen por mis muslos. Limpio con kleenex, rápido. ‘Vístete’, dice riendo. Nos miramos, cómplices. Salimos del cuartito como si nada. Volvemos a las mesas. ‘¿Seguimos con los informes?’, pregunto casual. Él asiente, guiña ojo. Nadie nota nada. Pero mi coño palpita aún. Mañana… quién sabe.