Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Ayer en la oficina, trabajando hasta tarde con mi novio Pablo, su padre Carlos –un madurito de 50 bien puesto, con esa mirada que te desnuda– y la madre de Pablo, Ana. La noche antes, en la cama, Pablo me lo soltó: ‘Cari, ¿y si te follo con mi padre? Sé que te gustan los mayores’. Dudé un segundo, ‘¿Estás loco? Pero… joder, sí, me pone’. Él sonrió, ‘Mañana en la oficina lo montamos’. Me empapé solo de pensarlo.
Llegamos todos, fingiendo revisar dossiers en la sala de reuniones. El aire acondicionado fallaba, hacía bochorno, sudábamos. Carlos al lado mío, hojeando papeles, su brazo rozándome. ‘¿Todo bien, Marion?’, me dijo con voz grave. ‘Sí, pero estos números… uf’. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa, no apartamos. Miradas. Sus ojos bajaban a mis tetas, apretadas en la blusa. Yo abrí un poco las piernas, sintiendo mi coño humedecerse. Pablo lo pilló todo, guiñó ojo. Ana charlaba de flores o algo, ajena.
La tensión sube entre dossiers y miradas ardientes
Pablo se levantó de golpe: ‘Mamá, ven, hay unas plantas raras en el jardín del edificio, te encantan’. Ana, fanática de la botánica, picó. ‘Vale, hijo, vamos’. Salieron, pero Pablo volvió rápido con una bolsa de plástico falsa, gritó ‘¡Olvidé esto!’ y se ‘fue’ de nuevo, escondiéndose detrás de la mampara de la sala contigua. Espacio privado. Solo Carlos y yo. El corazón me latía fuerte, adrenalina pura. ‘Hace calor, ¿no?’, dije, quitándome la chaqueta. Él tragó saliva, ‘Sí, Marion, mucho’. Me acerqué, ‘Estás tenso, ¿te masajeo los hombros?’. Asintió, se giró. Mis manos en su camisa, bajando despacio. Olía a hombre, a colonia y sudor. Sus músculos duros.
Empecé suave, pero pronto me pegué, mis tetas rozándole la espalda. ‘Joder, qué bien…’, murmuró. Me tumbé sobre él, besándole el cuello. Se giró, me miró: ‘Marion, esto…’. ‘Shh, calla’. Nuestros labios chocaron, beso húmedo, lenguas enredadas. Sus manos en mis tetas, amasándolas fuerte. Desabroché su camisa, él mi blusa. Falda subida, braga empapada. ‘Quítamela’, jadeé. Me la arrancó, dedo en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, puta’. Gemí, ‘Sí, fóllame’. Saqué su polla del pantalón: enorme, 21 cm fáciles, venosa, dura como piedra. La chupé ansiosa, saliva goteando, bolas en la boca. Él gemía, ‘Joder, qué boca’. Me folló la garganta, tirándome pelo.
El polvo brutal y sin filtros en la sala privada
Me tumbó en la mesa, dossiers volando. Me abrió las piernas, lengua en mi clítoris, lamiendo jugos. ‘¡Ahhh!’, grité bajito, mordiéndome labio por no armar escándalo. Me corrió así, temblando, coño contrayéndose. Subió, mamando tetas, mordiendo pezones. Polla en mi entrada, entró despacio. ‘¡Dios, qué prieta!’, gruñó. Vaivenes lentos, mirándonos. Aceleró, embistiéndome brutal, mesa crujiendo. ‘Más fuerte, Carlos, rómpeme el coño’. Gimiendo, arañándole espalda. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas botando, su polla tocando fondo. Corrí otra vez, gritando su nombre.
A cuatro patas, él detrás, polla en mi culo. ‘¿Puedes?’, preguntó. ‘Sí, métemela’. Entró lubricada con mis jugos, dolor-placer. Me taladraba anal, nalgadas resonando. ‘¡Tu culo es mío!’, jadeaba. Me corrí de nuevo, analgásmica. Misionero final, él encima dominándome, polla en coño, besos salvajes. ‘Me corro dentro’, avisó. ‘Sí, lléname’. Eyaculó chorros calientes, yo explotando con él. Sudados, jadeantes.
Nos separamos, besos suaves. ‘Increíble’, murmuró. Vestirnos rápido, peines, como si nada. Pablo y Ana volvieron: ‘Encontramos las plantas’. Sonrisas falsas. Carlos y yo, miradas cómplices. Pablo me susurró: ‘¿Te gustó?’. ‘Brutal, quiero más’. Fin de jornada, normalidad. Pero mi coño late aún, recordando esa polla prohibida. Adrenalina total, casi pillados. ¿Repetimos? Claro.