Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Trabajo en una oficina grande, de esas con cubículos interminables y el zumbido constante de las impresoras. Él era el nuevo, del departamento de al lado. Alto, con esa barba de tres días que me pone… eh, siempre lo pillaba mirándome las tetas cuando pasaba con los cafés. Yo le devolvía la mirada, mordiéndome el labio, sintiendo ya ese cosquilleo en el coño.
Al principio eran roces inocentes. ‘¿Me pasas el expediente azul?’, me decía con voz grave, rozando mi mano. Sus dedos… calientes, ásperos. Yo me inclinaba más de la cuenta, dejando que viera mi escote. ‘Claro, guapo’, respondía bajito, y notaba su polla endureciéndose bajo los pantalones. El aire olía a papel y a su colonia, que me mareaba. Cada tarde, entre pilas de dossiers, la tensión subía. Un día, en el pasillo vacío, me arrinconó contra la fotocopiadora. ‘No aguanto más tus miraditas’, murmuró, su aliento en mi cuello. Yo solo pude gemir: ‘Pues haz algo…’. El corazón me latía fuerte, con el miedo a que alguien pasara.
La tensión entre los expedientes y las miradas
La sala de reuniones al fondo del pasillo. Puerta cerrada, pero no con llave. Entramos ‘para revisar documentos’, dijimos si alguien preguntaba. Pero en cuanto la puerta se cerró, me empujó contra la mesa. Sus manos en mi culo, apretando fuerte. ‘Quítate la blusa, puta’, gruñó. Yo obedecí, tetas al aire, pezones duros como piedras. Me besó salvaje, lengua metida hasta la garganta, mordiendo mis labios. Olía a sudor y café rancio. Bajó la cremallera de mi falda, metió la mano en mis bragas. ‘Estás empapada, zorra’, dijo riendo. Sus dedos gruesos frotando mi clítoris, entrando en mi coño chorreante. Yo jadeaba: ‘Sí… más… fóllame ya’.
Se arrodilló, apartó mis bragas y me comió el coño como un lobo. Lengua plana lamiendo mis labios, chupando el clítoris hinchado. ‘Mmm, qué rico tu jugo’, murmuraba entre lametones. Metió dos dedos, luego tres, follándome la vagina mientras su lengua no paraba. Yo me agarraba a la mesa, piernas temblando, el olor a mi excitación llenando la habitación. ‘Me voy a correr… ¡joder!’, grité bajito. Él no paró, mordisqueó mi clítoris hasta que exploté, squirteando en su boca. Mi coño palpitaba, jugos por sus labios.
El sexo brutal en la sala de reuniones
No le dejé recuperarse. Le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó, gorda, venosa, con el capullo brillante de pre-semen. ‘Qué polla más rica’, dije, escupiéndole encima. La chupé honda, garganta apretada, bolas en la mano. Él gemía: ‘Hostia… trágatela toda’. Le mamé como una puta, saliva chorreando, hasta que casi se corre. Me levantó, me puso de espaldas en la mesa. ‘Ahora te voy a follar ese coño hasta reventarlo’. Entró de un empujón, polla dura llenándome entera. El sonido de carne contra carne, chap-chap, con papeles volando. Me follaba brutal, pellizcando mis tetas, tirando de los pezones. ‘Más fuerte… rómpeme’, suplicaba yo, uñas en su espalda.
Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, coño tragando su polla hasta el fondo. Sudor por todos lados, tetas rebotando. Él metió un dedo en mi culo: ‘Te voy a follar por detrás también’. Me giré a cuatro patas. Escupió en mi ano, metió la polla despacio. Duele al principio, pero joder, qué placer. ‘¡Sí, fóllame el culo!’, grité. Entraba y salía, bolas golpeando mi clítoris. Me corrí otra vez, ano apretándolo. Él rugió: ‘Me corro… toma mi leche’. Jets calientes llenando mi culo, semen chorreando.
Sudados, jadeantes, nos miramos. ‘Vuelve al trabajo, como si nada’, dijo él, sonriendo pícaro. Me limpié rápido con toallitas, arreglé la falda. Él se subió los pantalones, polla aún medio dura. Salimos por separado, yo con las piernas flojas, coño y culo palpitando. En mi cubículo, fingí teclear, pero sonreía recordando su semen dentro. Nadie sospechó. La adrenalina… uf, aún me mojo pensándolo.