Mi follada salvaje en las oficinas: un trío prohibido con mi jefe y su mujer

Trabajo en una oficina grande, de esas con pasillos eternos y salas de archivo llenas de polvo y papeles. Ese día, estaba sola ordenando expedientes en el fondo, donde nadie va. Hacía calor, sudaba un poco, la blusa pegada a la piel. De repente, oí voces. Era mi jefe, Carlos, y su mujer, Laura, que había venido a visitarlo. Ella, rubia, tetas grandes, falda corta que marcaba el culo perfecto. Él alto, fuerte, con esa mirada que siempre me ponía nerviosa.

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—Ey, Sofia, ¿qué haces aquí tan escondida? —me dijo Carlos, sonriendo, mientras Laura me miraba de arriba abajo.

La tensión sube entre los expedientes

—Eh… solo… ordenando papeles. La reunión se alargó y me mandaron aquí —murmuré, sintiendo el calor subir.

Nos pusimos a charlar. La sala era pequeña, puerta cerrada, el aire cargado. Laura se acercó, rozándome el brazo. Sus ojos en mis tetas. Carlos reía, pero su mirada era fija en mis piernas. La tensión crecía. Miradas que duraban demasiado. Ella se inclinó por un expediente, su culo contra mi cadera. Yo… tragando saliva. “¿Qué coño pasa aquí?”, pensé. Pero me gustaba. El riesgo de que alguien entrara.

De pronto, Laura susurró:

—¿Hace calor, no? Mírate, sudando…

Me tocó la nuca, suave. Carlos cerró la puerta con llave. El espacio se volvió nuestro. Privado. Corazones latiendo fuerte. Ella me besó el cuello, yo gemí bajito. Él nos miró, polla ya dura bajo los pantalones.

La cosa explotó. Laura me bajó la blusa, chupándome los pezones duros como piedras. “Joder, qué tetas tan ricas”, dijo. Yo le metí mano bajo la falda, su coño empapado, sin bragas. Húmedo, caliente, oliendo a sexo. Carlos se sacó la polla, gorda, venosa, palpitando. “Chúpamela, Sofia”, ordenó.

El polvo brutal sin parar

Me arrodillé. La polla en mi boca, salada, gruesa. La chupé con hambre, lengua alrededor del glande, succionando fuerte. Laura se quitó la falda, abrió las piernas sobre los expedientes. Su coño rosado, hinchado, jugos chorreando. Me comí su clítoris, lamiendo como loca. Ella gemía: “Sí, lameme el coño, puta… más profundo”.

Carlos me folló la boca, cogiéndome el pelo. Luego, me puso a cuatro patas. Me metió la polla de un empujón en el coño, hasta el fondo. “¡Qué coño tan apretado!”, gruñó. Laura se sentó en mi cara, restregando su culo y coño. Lamí su ano, rosado, apretado. Metí un dedo, ella chilló de placer.

Cambiaron. Carlos le metió la polla a Laura por el culo, ella aullando. Yo le chupé las tetas, mordiendo pezones. Luego, ella me dedo el culo mientras yo le comía el coño. Dos dedos en mi ano, estirándome, dolor y placer mezclado. “Me vas a hacer correrme”, jadeé.

La polla de Carlos en mi boca otra vez, mientras lamía su ano. Él empujaba, yo succionaba. Laura se masturbaba viéndonos. De repente, él sacó la polla y nos la metió a las dos en la boca. Lenguas juntas, lamiendo, besándonos con su verga entre medias.

Me montó por detrás, follándome el coño salvaje, huevos golpeando mi clítoris. Laura debajo, lamiéndome el ano y sus bolas. Orgasmos explotando. Yo me corrí primero, chorros en su polla. Ella gritó, squirt en mi cara. Él nos llenó la boca de leche caliente, espesa, tragamos todo, besándonos con semen.

Jadeando, sudorosos. Miradas cómplices. Nos vestimos rápido. “Vuelve al trabajo, Sofia, como si nada”, dijo Carlos, guiñando. Salimos, sonrisas falsas. Yo a mi mesa, coño palpitando, semen en la garganta. Nadie sospechó. Pero yo… aún tiemblo recordándolo.

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