Uf, todavía me late el corazón fuerte solo de pensarlo. Era un miércoles de locos en la oficina, yo con mi blusa blanca medio desabotonada porque hacía un calor del demonio, y Carlos entró en mi cubículo con unos papeles para revisar un proyecto. Carlos es guapo, moreno, con esa sonrisa pícara que me pone… siempre hemos coqueteado un poco, pero nada serio. Ese día, mis compañeros se largaron a comer pronto, y de repente el piso estaba vacío. Solo nosotros dos, pegados al ordenador, discutiendo códigos y gráficos. Me incliné para señalar algo en la pantalla, y sentí su mirada clavada en mis tetas. Llevaba un sujetador push-up que las hacía rebotar un poco, y noté cómo tragaba saliva. ‘¿Ves? Aquí hay que cambiar la sintaxis’, le dije, rozando sin querer su brazo con mi pecho. Él no se movió. Al contrario, se acercó más. El aire se cargó, como electricidad. Seguí hablando, pero mi voz salió ronca. Su rodilla tocó la mía bajo la mesa, y no la quité. Miradas rápidas, sonrisas nerviosas. ‘Joder, qué calor’, murmuró él, y yo asentí, mordiéndome el labio. Mi pezón se endureció solo, pinchando la tela. Extendí el brazo por unos folios, y mi teta se aplastó contra su bíceps. Él… no se apartó. Yo tampoco. Empujé un poquito más, sintiendo la dureza de su músculo. ‘¿Estás bien?’, preguntó bajito, pero su mano ya rozaba mi muslo. El corazón me iba a mil, pensando en que cualquiera podía volver.
No aguanté más. Giré la cabeza, lo miré fijo. ‘Tócame’, susurré. Sus ojos se abrieron grandes, pero su mano voló a mi teta. La apretó suave al principio, por encima de la blusa. ‘Joder, qué gordas y firmes’, gruñó. Desabotonó rápido, metió la mano dentro, apartó el sujetador. Mis pezones marrones estaban duros como piedras, y él los pellizcó, tirando. Gemí bajito, arqueándome. ‘Shh, nos van a oír’, dijo, pero chupó uno fuerte, lamiendo la aureola con la lengua caliente. Olía a su colonia mezclada con sudor, me ponía a mil. Bajé la cremallera de sus pantalones, saqué su polla tiesa, gorda, con venas marcadas. Pre-semen ya brillaba en la punta. ‘Fóllame ya’, jadeé. Él me levantó la falda, rompió mi tanga de un tirón. Mi coño chorreaba, labios hinchados. Me sentó en el borde del escritorio, abrió mis piernas. ‘Estás empapada, puta cachonda’, dijo, y metió dos dedos de golpe. Los movió rápido, chapoteando en mis jugos, tocando el punto G. ‘¡Ah, sí, más fuerte!’, grité suave. Sacó los dedos, los lamió, y empujó su polla entera. Entró fácil, estirándome el coño. Embestía duro, tetas rebotando, escritorio crujiendo. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, jadeaba él, clavándome los dedos en el culo. Yo le arañaba la espalda, mordiéndome el labio para no chillar. Sudor por todos lados, piel pegajosa. Cambió ángulo, rozando mi clítoris con cada polvazo. ‘Me voy a correr… joder…’, gemí. Él aceleró, polla hinchándose. Oí pasos lejanos en el pasillo, adrenalina pura. ‘¡Rápido, córrete dentro!’, supliqué. Él gruñó, y noté su leche caliente llenándome el coño, chorros potentes. Yo exploté, coño contrayéndose, jugos salpicando.
La tensión sube entre los expedientes
Nos quedamos jadeando, polla aún dentro, semen goteando por mis muslos. ‘Mierda, qué pasada’, murmuró él, besándome el cuello. Oímos voces cerca. Rápido: él se metió la polla, yo me limpié con kleenex, subí falda, abotoné blusa. Entró un compañero, nos saludó desde lejos. ‘¿Todo bien?’, preguntó casual. ‘Sí, acabamos el informe’, respondí con voz normal, aunque el coño me palpitaba. Carlos guiñó ojo, se fue a su sitio. Yo me senté, crucé piernas para no manchar la silla, y seguí tecleando como si nada. Pero dentro… sonrisa de oreja a oreja, recordando su polla dura. La oficina volvió a la normalidad, pero yo ya planeaba la próxima.