La caricia de una mirada en la oficina

Estaba en la oficina, ordenando expedientes en la sala de archivos. Calor de cojones, el aire acondicionado fallando. Ahí entró él, el nuevo stagiaire, Pablo. Veintipocos, ojos oscuros, cuerpo atlético bajo la camisa. Me pilló mirándolo el culo mientras agachaba para un cajón bajo.

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—Ey, ¿necesitas ayuda? —dijo con esa voz grave, sonriendo de lado.

La tensión entre expedientes y miradas

Yo… tragué saliva. Sus ojos bajaron a mis tetas, apretadas en la blusa blanca sin sujetador. Sentí los pezones endureciéndose al instante. —Sí, pásame esos de arriba.

Se acercó demasiado. Sus dedos rozaron los míos al pasarme la carpeta. Calor subiendo por mi piel. Lo miré fijo, desafiante. Él no apartó la vista, recorrió mi escote, mi falda corta que dejaba ver muslos bronceados. El silencio pesado, solo el zumbido del fluorescente.

Otro roce, esta vez su cadera contra la mía. Mi coño se mojó solo con su aliento cerca. —Joder, qué bien hueles —murmuró.

Corazón latiendo fuerte. Pensé en la puerta entreabierta, colegas fuera. Adrenalina pura. Le sostuve la mirada, mordiéndome el labio. —Cállate y ayúdame de verdad.

La sala se cerró. Nadie entraba ahí a esa hora. Sus manos en mi cintura, tirando de mí. Beso salvaje, lenguas enredadas, sabor a café y deseo. Manos por todas partes. La mía bajó a su polla, ya dura como piedra bajo los pantalones.

Empujó la puerta con el pie, cerrándola. Espacio nuestro. Me levantó la falda, dedos directos a mi tanga empapada. —Estás chorreando, puta cachonda —gruñó.

Gemí bajito. —Fóllame ya, no aguanto.

El polvo brutal y la vuelta al curro

Me giró contra la estantería, tetas aplastadas en metal frío. Bajó mis bragas de un tirón. Sentí su polla gorda, caliente, restregándose en mi culo. Golpeó la entrada, resbaladiza de mis jugos. Entró de un empujón brutal, partiéndome en dos. —¡Joder, qué coño tan apretado!

Empujones feroces, polla hundiéndose hasta el fondo. Mis paredes chupándolo, contrayéndose. Manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Sudor mezclado, olor a sexo crudo. —Más fuerte, cabrón, rómpeme —jadeé, arqueando la espalda.

Me follaba como animal, huevos chocando contra mi clítoris hinchado. Dedos en mi boca, chupándolos como si fuera su verga. Orgasmos en oleadas, coño palpitando, chorros mojando sus muslos. Él gruñía, acelerando. —Me corro dentro, ¿eh?

—Sí, lléname de leche caliente.

Explosión, semen caliente inundándome, goteando por piernas. Temblores, besos mordidos. Minutos eternos de puro vicio.

Luego… jadeos calmándose. Se apartó, polla brillando con mis fluidos. Limpiamos rápido con kleenex del cajón. Me subí las bragas, alisando falda. Él pantalón arriba, cremallera ziiiip.

—Vámonos antes que nos pille alguien —susurré, sonriendo pícara.

Salimos por separado. Yo primero, cara de póker, expedientes en mano. Él después, como si nada. En mi mesa, tecleando informes, coño aún palpitando con su corrida dentro. Miradas cruzadas en la sala común, promesa de más. Nadie sospechó. Solo yo, adicta a esa adrenalina laboral.

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