Mi follada prohibida en la oficina: el secreto con mi compañero y la nueva

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Era jueves tarde en la oficina, todos ya se habían ido menos nosotros tres. Yo, María, la secretaria que todos miran de reojo por mis faldas cortas. Carlos, mi compañero de ventas, alto, con esa barba de tres días que me pone. Y la nueva, Lola, la de marketing, menudita, con pelo negro rojizo y curvas que no te esperas.

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Estábamos en la sala de reuniones, apilados con dossiers de la auditoría. El aire olía a café rancio y sudor del día. ‘Pásame ese informe, Carlos’, le dije, rozando su mano. Él me miró, eh… con esos ojos oscuros, y tragó saliva. ‘Claro, María, pero… ¿segura que quieres este?’, respondió, su voz ronca. Lola al lado, tecleando, pero noté sus piernas cruzadas, inquietas. El sol se ponía, luces tenues, y el corazón me latía fuerte. Pensaba: ‘Joder, si alguien entra ahora…’

La tensión entre papeles y miradas calientes

Nos acercamos más, pretextando revisar números. Mi rodilla tocó la de Carlos bajo la mesa, dura ya su polla contra el pantalón. Él carraspeó: ‘María, um… esto está caliente aquí, ¿no?’. Lola soltó una risita: ‘Sí, yo también sudo’. Miradas cruzadas, el dossier olvidado. Me mordí el labio, sentí mi coño humedecerse. ‘Cerramos la puerta, ¿vale? Para concentrarnos’, propuse. Carlos se levantó rápido, clic de la cerradura. Espacio privado. Adrenalina pura, oigo pasos en el pasillo. ‘Venga, sigamos…’, pero ya mis manos en su bragueta.

No aguantamos. Carlos me besó salvaje, lengua dentro, manos en mis tetas. ‘Joder, María, siempre te miro el culo’, gruñó. Le bajé el pantalón, su polla saltó, gorda, venosa, oliendo a macho. La chupé, saliva chorreando, glup glup hasta la garganta. Lola jadeaba: ‘¿Puedo… unir?’. Se quitó la blusa, tetas firmes sin sujetador. Pero cuando se bajó la falda… ¡coño, una polla enorme bajo el tanga! ‘¿Trans?’, balbuceé excitada. ‘Sí, nena, ¿te mola?’, sonrió pícara.

El polvo brutal y el clímax inesperado

Carlos me tumbó en la mesa, dossiers volando. Me arrancó las bragas, lamió mi coño empapado: ‘Estás chorreando, puta de oficina’. Metió dedos, dos, tres, chapoteando. Yo gemía: ‘¡Fóllame ya!’. Él embistió, polla dura partiéndome, plaf plaf contra mi culo. Lola se acercó, su verga tiesa rozándome la cara. La mamé, salada, gruesa, mientras Carlos me taladraba. ‘¡Me cago en la puta, qué coño apretado!’, rugió él. Cambiamos: me puse a cuatro, Carlos en mi boca, Lola detrás. ‘Relájate, guapa’, susurró, escupiendo en mi ano. Su polla entró lenta, quemando, estirándome. ‘¡Aaaah, duele rico!’, grité. Bombeaba fuerte, bolas golpeando, yo chupando a Carlos hasta las arcadas.

Adrenalina al máximo, oí el ascensor. ‘¡Más rápido, que nos pillan!’, supliqué. Lola aceleró, follándome el culo sin piedad, mano en mi clítoris frotando. ‘¡Me corro, joder!’, aullé, squirteando en la mesa. Carlos explotó en mi boca, leche caliente tragando. Lola gruñó: ‘¡Toma mi corrida, zorra!’. Eyaculó dentro, chorros calientes llenándome el ojete, goteando. Sudor, semen, coño palpitante. Caímos jadeando.

Minutos después, nos vestimos rápido. ‘Bueno… volvamos al trabajo’, dije riendo nerviosa, limpiando la mesa con kleenex. Carlos: ‘Esto… no se lo digas a nadie, eh’. Lola guiñó: ‘Nuestro secreto’. Reabrí la puerta, dossiers en mano, como si nada. Sonrisas cómplices, pero el jefe llamó: ‘¡Reunión mañana!’. Corazón aún latiendo, coño dolorido, culo chorreando. Mañana más, pensando en repetir. Qué vicio el curro.

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