Ay, chicas, os lo cuento como si acabara de pasar. Hoy en la oficina, fiesta por la jubilación de una compi. Yo, María, secretaria jefa, con mis curvas que no pasan desapercibidas, vestido ajustado marcando el culo gordo y las tetas. Estaba feliz, charlando con las antiguas. Pero llega la víbora esa, mi ‘amiga’ Pilar, y delante de todas suelta: ‘¡María, en el fondo eres una vieja mal follada!’. Silencio total. Me quedé tiesa, cara roja, pero sonreí falsa. ‘Sí, gracias’, dije, y me fui al buffet a empinar el codo. Vino, gin-tonics… hasta que la cabeza me daba vueltas.
Decidí no irme aún. Subí a mi despacho, último piso, vacío a esa hora. Cerré la puerta, pero no del todo. Me senté en la silla, piernas abiertas, mano bajando por la falda. Recordaba la puta de Pilar, y pensé: ‘Te voy a demostrar lo que es estar bien follada’. Dedos rozando la braguita, ya húmeda. Oí ruido. Era Ramón, el conserje, sexagenario fuerte, viudo, siempre con esa mirada pícara. ‘¿Todo bien, María? ¿Necesitas algo?’. Eh… ‘Pasa, Ramón, cierra la puerta’. Él dudó, pero entró. Espacio privado ya. Entre las carpetas apiladas en el suelo, nos miramos. Yo con la falda subida un poco, él se agacha a recoger unos papeles caídos. Sus ojos en mis muslos. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, digo yo, voz ronca. Él traga saliva, se acerca. Nuestras manos se rozan al coger una carpeta. Piel contra piel. Calor subiendo. Su aliento en mi cuello. ‘María, estás…’. ‘Shh’, le corto, mano en su pecho. Se pone duro al instante. Yo siento la polla presionando contra mi pierna. Miradas que queman. La puerta no echada con llave, cualquiera puede entrar. Adrenalina pura.
La tensión sube entre carpetas y miradas
No aguantamos más. Le bajo la cremallera, polla gorda y venosa salta fuera. ‘Joder, Ramón, qué pedazo de verga’. La agarro, chupa-chups, lengua lamiendo el glande, saliva goteando. Él gime: ‘Ay, María, para… no’. Pero me empuja la cabeza. Me follo la boca con su polla, hasta la garganta. Él me arranca la braguita, dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta’. Dos dedos dentro, frotando el clítoris hinchado. Gimo con la boca llena. Me pone sobre el escritorio, carpetas volando. Piernas abiertas, coño a la vista, pelos negros y jugoso. ‘Fóllame ya, cabrón’. Se clava de un golpe, polla gruesa abriéndome en canal. ‘¡Joder, qué prieta estás!’. Empuja fuerte, plaf-plaf contra mi culo. Tetazas rebotando, yo pellizcándome los pezones. Sudor mezclado, olor a sexo llenando el despacho. Me da la vuelta, a cuatro patas entre los dossiers. Polla entrando por detrás, huevos golpeando mi clítoris. ‘Más duro, rómpeme el coño’. Él gruñe, mano en mi pelo, tirando. Siento el orgasmo venir, coño contrayéndose alrededor de su verga. ‘Me corro, Ramón… ¡ahhh!’. Chorros de jugo bajando por mis piernas. Él acelera, ‘Toma mi leche, zorra’. Se vacía dentro, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar.
Jadeamos, cuerpos pegados. Minutos después, él se aparta. ‘Mierda, María, esto…’. Yo sonrío, limpiándome con una carpeta. ‘Como si nada, Ramón. Vuelve al puesto’. Me bajo la falda, arreglo el pelo. Él se sube los pantalones, polla aún medio dura. Salimos, él al pasillo, yo al baño rápido. Vuelvo a la fiesta, sonrisa natural. Pilar me ve: ‘¿Estás bien?’. ‘Mejor que nunca, guarra’. Corazón latiendo fuerte, coño palpitando con su semen dentro. Mañana, mismo curro, pero ahora sé: la oficina es para follar.