Uf, acabo de salir de la oficina y aún me tiemblan las piernas. Trabajo en una gestoría, ya sabes, papeles, clientes, el rollo de siempre. Pero hoy… hoy con Javier, mi compañero del cubículo de al lado, ha sido la hostia. Llevamos semanas con miraditas, eh, de esas que queman. Él es casado, yo también, pero joder, esa prohibición me pone a mil.
Estábamos revisando unos expedientes grandes, apilados en mi mesa. Nuestras manos se rozaban cada dos por tres, accidental, ¿o no? ‘Perdón’, me dice él, con esa voz grave, y yo: ‘No pasa nada, Javier…’. Pero sus ojos, uf, se clavaban en mis tetas bajo la blusa. Yo llevaba falda lápiz, ajustada, y notaba cómo se me humedecía el coño solo con su aliento cerca. ‘Ven, mira este dossier aquí’, le digo, inclinándome para que vea el escote. Él se acerca más, su rodilla roza mi muslo. El corazón me late fuerte, el aire se espesa. Otros compañeros tecleando alrededor, pero nosotros en nuestro mundo.
La tensión sube entre escritorios
De repente, ‘Venga, vamos a la sala de reuniones, que aquí no se ve bien’, suelta él. Yo asiento, cojo los papeles, y entro detrás. Cierra la puerta, hace clic el pestillo. Ya está, espacio privado. Nos sentamos en la mesa larga, pero no hay dossiers ya en mente. Sus manos en mis rodillas, subiendo despacio. ‘Joder, María, no aguanto más’, murmura. Yo, con la garganta seca: ‘Shh, nos pueden oír… pero no pares’. Nuestros labios se pegan, besos húmedos, lenguas enredadas. Huele a su colonia mezclada con café de máquina. Mi mano baja a su entrepierna, ya dura como piedra bajo los pantalones.
Me pone de pie, me gira contra la mesa. Levanta mi falda, arranca las medias de un tirón. ‘Estás empapada’, gruñe, metiendo dos dedos en mi coño chorreante. Gimo bajito, mordiéndome el labio. ‘Chúpame, Javier, por favor…’. Se arrodilla, abre mis labios con los pulgares, y su lengua ataca el clítoris. Lame fuerte, chupa, mete la lengua dentro, sorbiendo mis jugos. ‘¡Dios, qué rico tu coño!’, dice entre lametones. Yo agarro su cabeza, empujo contra su boca. Primer orgasmo me sacude, piernas flojas, ‘Me corro… ay, joder…’. No para, lame más rápido, mis tetas rebotan libres porque ya me ha desabrochado la blusa.
El polvo intenso y sin frenos
Me incorporo, jadeando, y le bajo los pantalones. Su polla salta, gorda, venosa, con el prepucio atrás. ‘Mmm, qué polla más rica’, digo, arrodillándome yo ahora. La lamo desde la base, bolas peludas en mi mano, chupo el glande salado. La meto entera, garganta profunda, saliva chorreando. Él gime: ‘Para, o me corro ya… fóllame, María’. Me pone boca abajo en la mesa, papeles volando. Escupe en mi coño, y ¡zas!, entra de un empujón. ‘¡Qué apretado tu coño!’, embiste fuerte, pellizcándome los pezones. Yo: ‘Más duro, rómpeme…’. Clava los dedos en mis caderas, polla golpeando el fondo, huevos contra mi culo. Sudor, jadeos, el olor a sexo llena la sala. Me corro otra vez, contrayendo alrededor de su verga. ‘Me vengo dentro, ¿eh?’, avisa. ‘Sí, lléname de leche…’. Se corre a chorros, caliente, desbordando mi coño.
Uf, nos quedamos así un segundo, polla ablandándose dentro. Oímos voces fuera, ‘¡Mierda!’. Salgo de él, semen goteando por mis muslos. Nos limpiamos rápido con kleenex, falda abajo, blusa abotonada. Él: ‘Como si nada, ¿vale?’. Abro la puerta, salimos sonriendo. ‘Gracias por la ayuda con los dossiers’, digo alto para los demás. Él guiña: ‘Cuando quieras’. Volvemos a nuestros sitios, tecleando como borregos. Pero mi coño palpita aún, bragas mojadas de su corrida. Mañana, más miraditas. El curro nunca fue tan excitante.