Mi follada prohibida en la oficina: seducción entre expedientes y corridas salvajes

Me llamo Carmen, tengo 29 años y trabajo en una oficina de publicidad en Madrid. Soy de las que se moja con el riesgo, sobre todo en el curro. Me encanta esa adrenalina de follar donde no debo, con el miedo a que nos pillen. Bueno… os cuento lo que me pasó hace unas semanas. Era viernes, las seis de la tarde, la oficina medio vacía. Todos pensando en el finde. Yo bajé a la sala de archivos a buscar unos expedientes para el jefazo. Ese sitio es un laberinto de estanterías altas, polvoriento, con olor a papel viejo y humedad. Llevaba mi falda lápiz negra, ajustada, medias finas y una blusa blanca medio desabotonada. Me agaché a mirar un cajón bajo y… sentí unos ojos clavados en mí.

Era Pablo, mi compañero del marketing. Alto, moreno, 35 tacos, con esa sonrisa de cabrón que te deshace. ‘¿Necesitas ayuda, Carmen?’, dijo acercándose. Su voz grave me erizó la piel. Nuestras manos se rozaron al coger el mismo expediente. Uf… su calor. Lo miré de reojo, él a mí las tetas. ‘No sé, Pablo… estos papeles me tienen sudando’, le solté, cruzando las piernas despacio para que viera el borde de las bragas. Él tragó saliva, se acercó más. ‘Sudando, ¿eh? Yo también noto calor aquí abajo’. Su mirada bajaba a mi escote, fija. El aire se cargó. Me mordí el labio, él pasó la lengua por el suyo. Dios, mi coño ya picaba.

La tensión sube entre los expedientes

De repente, dio un paso y cerró la puerta de la sala con llave. Clic. Ahora éramos solo nosotros. ‘Pablo… ¿y si alguien…?’. ‘Shh, calla y déjame verte bien’. Me empujó suave contra la estantería, sus manos en mis caderas. Olía a colonia fuerte, a hombre. Me besó el cuello, mordisqueando. Yo le metí mano por la camisa, sintiendo su pecho duro. ‘Joder, estás empalmado’, susurré tocándole la polla por encima del pantalón. Gruesa, tiesa como una barra. Él rio bajito, ‘Tú también estás mojada, ¿verdad?’. Deslizó la mano bajo mi falda, dedo rozando las braguitas. ‘Húmeda del todo, guarra’.

Justo entonces, la puerta… no, espera, oí tacones. Se abrió –tenía llave ella también–. Era Laura, su follamiga secreta del departamento de cuentas. Rubia, tetas enormes, falda corta. ‘Vaya, vaya… ¿interrumpo?’. Pablo sonrió, ‘Entra, nena, únete’. Yo dudé un segundo, pero el morbo me pudo. ‘Ven, Carmen, no muerdo… mucho’, dijo ella lamiéndose los labios. Cerró y ya. Espacio nuestro.

El polvo brutal en la sala privada

Laura se pegó a mí por detrás, besándome el hombro mientras Pablo me bajaba las bragas. ‘Qué coñito más rico’, gruñó él arrodillándose. Me abrió las piernas y metió la lengua directo al clítoris. Lamía fuerte, chupando mis labios, yo gemía bajito. ‘Ah… joder, sí…’. Laura me sacó las tetas de la blusa, pellizcándome los pezones duros. ‘Mira qué guapa estás, toda abierta’. Me metió dos dedos en la boca, yo los chupé como si fuera su polla. Pablo se levantó, sacó la suya: gorda, venosa, cabezota roja. ‘Chúpamela, Carmen’. Me puse de rodillas, la tragué hasta la garganta. Sabía a sudor, a macho. Laura se masturbaba viéndonos, ‘Qué puta eres, me encanta’.

Pablo me levantó, me dio la vuelta contra la mesa. ‘Te voy a follar el coño hasta que grites’. Entró de un empujón, llenándome entera. Plaf, plaf, sus huevos contra mi culo. ‘¡Más fuerte, cabrón!’. Laura se subió a la mesa, abrió las piernas: coño depilado, brillante. ‘Lámeme mientras te follan’. Le comí el clítoris, sorbiendo su jugo salado. Ella gemía, ‘Sí, lengua dentro…’. Pablo aceleró, ‘Me corro…’. ‘¡No, espera!’. Sacó y se la metí en el culo a Laura, que gritó de placer. Él la folló anal mientras yo le lamía las tetas. Luego me tumbó a mí, me abrió el culo con aceite de un frasco viejo. ‘Ahora te enculo yo’. Su polla gruesa entró despacio, quemaba, pero rico. ‘¡Joder, qué prieto!’. Laura se sentó en mi cara, yo la lamía mientras él me taladraba. Sudor, gemidos, olor a sexo puro. Pablo rugió, ‘¡Me vengo!’. Chorros calientes en mi culo. Laura se corrió en mi boca, temblando. Yo exploté, coño chorreando.

Minutos después, jadeando, nos vestimos rápido. ‘Venga, chicas, queda curro por hacer’, dijo Pablo guiñando. Laura se arregló el pelo, ‘Como si nada, eh’. Salimos uno a uno, yo con las bragas empapadas en el bolsillo. De vuelta a los escritorios, sonrisas cómplices. Nadie notó nada. Pero yo… aún siento el culo ardiendo. ¿Repetimos?

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