Me llamo Lucía, trabajo en una oficina de seguros aquí en Madrid. Soy de esas que adora el riesgo, el sexo prohibido, esa adrenalina de que te pillen con la polla dentro. Mi compi, Marta, es igual de puta que yo. Nos miramos todo el día, coqueteamos con el jefe, ese tío alto, moreno, con paquete marcado en los pantalones. Eh… ayer pasó. Como si lo estuviera viviendo ahora, el corazón me late fuerte.
Estábamos en el archivo, ordenando expedientes viejos. El sitio es un cuartucho oscuro, lleno de estanterías altas, polvoriento, con olor a papel viejo y humedad. Marta y yo solas al principio, pero sabíamos que él rondaba. ‘Lucía, ¿has visto ese informe?’, me dice ella, inclinándose mucho, el culo apretado en la falda, las bragas asomando. Yo le miro la raja, se me moja el coño al instante. ‘Aquí… no, espera’, digo, rozándole el brazo. Nuestras tetas se rozan, sudamos un poco, hace calor ahí abajo.
La tensión sube entre expedientes y miradas
De repente, la puerta se abre. Es él, el jefe, Carlos. ‘Chicas, ¿todo bien?’. Su mirada recorre mis piernas, mi blusa medio desabotonada, los pezones duros marcándose. Marta se gira despacio, sonríe: ‘Sí, jefe, pero estos expedientes pesan… ¿nos echas una mano?’. Él entra, cierra la puerta. Clic. Ya está, el espacio es nuestro. Se acerca, coge una caja, pero sus ojos en mi escote. ‘Joder, Lucía, estás… sudada’, dice, voz ronca. Yo me muerdo el labio: ‘Sí, hace bochorno aquí, ¿verdad?’. Marta suelta una risita: ‘A mí también me pica el coño de tanto calor’. Él traga saliva, la polla se le hincha en el pantalón.
La tensión es brutal. Nos apretamos contra las estanterías, él entre nosotras. Sus manos rozan mi culo ‘por accidente’, yo le aprieto el paquete: ‘Jefe, estás duro…’. Marta le besa el cuello: ‘¿Quieres ver cómo nos mojamos por ti?’. Él gime: ‘Hostia, chicas, esto es una locura… pero sí’. Nos bajamos las bragas a la vez, coños al aire, chorreando. Él se desabrocha, saca la polla gorda, venosa, cabezota roja. ‘Mira qué polla, Lucía’, dice Marta, tocándosela.
El polvo intenso y la despedida discreta
Ahí explotó todo. Brutal, sin filtro. Yo me agacho primero, le chupo la polla como una perra, lengua en la uretra, bolas en la boca. ‘Joder, qué boca’, gruñe él, agarrándome el pelo. Marta se sube a una mesa, abre las piernas: ‘Fóllame el coño, jefe’. Él la penetra de un empujón, plaf, el coño chupando esa verga gruesa. ‘¡Ay, sí, rómpeme!’, grita ella, tetas botando. Yo me meto los dedos, masturbándome viendo cómo la polla entra y sale, crema blanca en la base. ‘Cámbiame’, digo jadeando. Él me pone a cuatro patas sobre expedientes, me clava la polla hasta el fondo. ‘¡Qué coño tan apretado, puta!’, me dice, azotándome el culo. Marta me besa, me chupa los pezones: ‘Córrete, zorra’. Siento la polla hincharse, me folla como un animal, bolas golpeando mi clítoris. Grito: ‘¡Me corro, joder!’. Chorros de chocho en los papeles, él saca y nos mece leche en la cara, caliente, espesa. Marta lame la mía, yo la suya.
Uf… jadeamos los tres, sudor por todos lados. Él se sube los pantalones rápido: ‘Esto no ha pasado, chicas. Volvemos al trabajo’. Marta se limpia con un kleenex: ‘Claro, jefe, como si nada’. Yo me arreglo la falda, coño palpitando aún, sonrisa pícara. Salimos uno a uno, él primero. En la oficina, miradas cómplices, pero serios con los ordenadores. Nadie nota nada, pero yo siento la humedad en las bragas todo el día. Mañana… ¿repetimos?