Mi follada prohibida con mi asistente en la oficina

Uf, acabo de salir del baño de la oficina, me miro en el espejo. A mis cuarenta tacos, sigo molando un huevo. Tengo las tetas más gordas, copa C ahora, y el culo… joder, redondo y firme, con esta falda lápiz que me marca todo. Hoy voy sexi para la reunión con el cliente: falda corta, media negras, tacones y blusa ajustada. Pelo teñido rubio, perfecto para cerrar tratos con tíos.

Llego temprano al open space, mi cliente ha llamado con retraso. Dos horas libres. Paso por mi despacho privado, puerta entreabierta… y oigo gemidos. Me acerco sigilosa. Hostia, Lucía, mi asistente de 22 años, está tirada en mi sofá, con los leggings bajados a los tobillos. Tiene mi vibrador en la concha, el que guardo en el cajón secreto. ¡Y huele mi tanga sucia pegada a la cara! Mira mi foto con mi hermana en el escritorio, jadeando bajito: ‘Ay, jefa… qué rica…’

La tensión sube entre escritorios y miradas

Me echo atrás, el corazón me late fuerte. No es admiración, es puro morbo por mí. Me excita un montón, esta cría tímida se la casca pensando en mi coño. Hago ruido con los tacones, grito: ‘¡Lucía! Soy yo, llego antes, no te preocupes.’ Imagino su pánico. Me quito la chaqueta despacio, entro. Ya ha guardado todo, el cajón cerrado, sofá liso. Cara roja como un tomate. ‘B-buenas, señora…’, balbucea.

Le digo que me echo un rato en el sofá hasta la reunión. Se va, pero deja la puerta entreabierta. Me tumbo, falda sube un poco, piernas al aire. Miro el espejo del fondo: veo su silueta espiando. Me marea el calor. Giro el culo hacia ella, abro las piernas. Mi media deja ver el triángulo oscuro de mi pubis. Su cara se ilumina, mordiéndose el labio.

El polvo intenso y la despedida laboral

Me caliento, joder. Me quito las medias? No, mejor: en el baño me bajo la tanga, la meto en la papelera, y vuelvo con el coño al aire bajo la falda y medias. Frota contra la tela, ya estoy mojada. Vuelvo al sofá, puerta abierta. Abro piernas más, falda hasta la cintura. Mi coño hinchado, labios gordos brillando. Ella traga saliva, mano en su entrepierna.

No aguanto. Desabrocho la blusa, suelto las tetas del sujetador. Pezones duros como piedras. Me pongo a cuatro patas buscando ‘algo’ en el cajón, culo en pompa hacia la puerta. Coño abierto, húmedo, pidiendo lengua. Sus ojos clavados ahí.

Se me escapa un gemido. Ella entra de golpe, cierra la puerta. ‘Jefa… no puedo más…’, susurra ronca. Nos miramos, tensión eléctrica. Sus manos tiemblan en sus tetas pequeñas y firmes.

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