Ay, uf… no sé por dónde empezar. Ayer en la oficina, preparando los maletines de la jefa para su viaje de fin de semana. Ella se va con el capitán, o lo que sea, y yo toda acelerada doblando carpetas. Nuestros cuerpos se rozan, eh… inocentemente, como siempre, secretaria y jefa. Pero… el calor de antes aún me quema el vientre. Esas caricias que nos dimos hace un rato, pensando que era un sueño. Nos miramos, decidimos olvidar, volvemos a la rutina. La llevo al aeropuerto y regreso.
En la cocina de la oficina, el nuevo gerente, Don Carlos. Alto, tieso, unos cincuenta, calvo con patillas grises anchas. Pregunta por el tren de la jefa, concentrado. Yo… distraída, con mis recuerdos bullendo. Subo a mi mesa, el cuerpo temblando. ¿Hice mal? La jefa me dijo solo masaje, evitar hombres. Pero… obedecí. Me excito sola esa noche, dedos en mi coño, recordando su sabor. Giro alrededor del clítoris, aprieto, arqueo la espalda… exploto en un orgasmo que me deja KO. Dulce, secreto.
La tensión sube entre los dossiers
Al día siguiente, en la reunión matutina, Don Carlos manda. ‘Reorganizamos todo. Limpieza grande. Tú, Marta, archivos y habitaciones. Yo reviso cocina’. Aliviada, me encierro en el cuarto de dossiers del fondo, contando papeles, cosiendo roturas. Dedos mecánicos, mente en mi descubrimiento. Tacto suave del satén de camisas, áspero del algodón. Calor sube la casa vacía.
Bajo a dejar unas carpetas en el comedor principal. Subo el pasillo, oigo un gruñido raro desde la escalera. Miro por la barandilla… ¡joder! Don Carlos y mi compi Lola, ella doblada sobre una mesa, falda subida, piernas abiertas. Sus muslos gordos blancos tensos, él detrás, agarrando faldas como riendas, follando a sacudidas secas, rápidas. Gafas blancas en manos, espalda recta, cara roja, mirada dura.
El polvo intenso y la vuelta a la normalidad
Lola gime, corsé abierto, tetas como calabazas balanceándose. Él la pilla un pecho, lo amasa fuerte. Yo… paralizada arriba, carpetas contra el pecho, coño ardiendo otra vez. No puedo apartar la vista. Él la arquea, la camela más hondo. Se acerca a su oreja: ‘¿Ves, Lola? Te dije que te ayudaría. ¿Ahora eres buena, eh?’. Ella jadea: ‘Sí… oh, dame más, méteme esa polla gorda’. ¡Plastazo en el culo! Él la aplasta en la mesa: ‘Señorita, por favor. Y tutéame no. Pero estos ratos… mejoran el trabajo, ¿verdad?’.
‘Oooh, sí, Don Carlos, no pares… tu verga es enorme…’. Ella explota gritando, cuerpo temblando. Él sigue machacando, manos en ese culo gordo. Luego: ‘Ahora, a rodillas. Quiero tu cara’. La gira, la empuja abajo. Saco su polla: gruesa como vela, larga, cabeza morada hinchada. ‘Mírame… toca tus tetas, sí. Abre la boca’. Se la menea furioso, la acerca. Eyacula chorros en su cara, gime fuerte. Limpia con dedo, ella chupa el semen ansiosa. Luego su verga entera en boca para limpiar.
Él levanta vista… me ve. Ojos fríos, sin vergüenza. Lola de rodillas, desnuda a medias, pegada a su polla. Suelto carpetas, corro a archivos. Corazón latiendo, coño chorreando. Adrenalina pura, casi pillada. Vuelvo al conteo, como si nada. Él pasa después: ‘Todo bien, Marta?’. Sonrío: ‘Sí, señor’. Rutina. Pero… sé que volverá.