Trabajo en un bufete de abogados en Madrid. Soy Carmen, 32 años, rubia con curvas que vuelven locos a los tíos. Mi compañero Pablo, un madurito alto y guapo de unos 42, siempre me mira con esa hambre en los ojos. Hoy… uf, hoy ha sido la hostia. Estaba enfadada porque pillé una llamada suya a una agencia de putas. ‘¿Qué coño es esto?’, le espeté en el pasillo, bajito para que no nos oyeran los demás.
Él se puso nervioso, eh… balbuceó algo de ‘investigación profesional’. Le dije: ‘Vale, esta noche en mi piso. Me follas hasta que me corra como una loca, sin usar tu polla, solo lengua y manos. Si lo haces bien, te escucho’. Se le iluminaron los ojos. Pablo es un machote, pero sabe que conmigo no hay medias tintas.
La tensión sube entre miradas y papeles
Llegué a la oficina temprano, el corazón latiéndome fuerte. Pasamos el día entre expedientes, pero las miradas… ay, esas miradas. Él rozaba mi mano al pasarme un dossier, yo sentía su aliento en el cuello cuando se acercaba a susurrar sobre un caso. ‘Carmen, esa blusa te marca los pezones’, me dijo disimulando con una carpeta. Me mojé al instante. ‘Cállate y cierra la puerta’, le respondí, con la voz temblorosa.
Era la sala de reuniones, vacía. Eché el pestillo. El espacio se volvió nuestro. Nos miramos, jadeando ya. ‘Pablo, no aguanto más’, murmuré. Él me empujó contra la mesa, sus labios devoraron los míos. Lenguas enredadas, saliva caliente, gemidos ahogados. Sus manos en mi culo, apretando fuerte. ‘Joder, qué tetas tienes’, gruñó mientras me bajaba el escote. Mis pechos enormes saltaron libres, pezones duros como piedras.
Me los chupó con furia, mordisqueando, lamiendo. ‘Ahhh… sí, así’, gemí bajito, mirando la puerta por si alguien pasaba. Él expertísimo, años de folladas. Me metió la mano en la falda, notó mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta’, rio. Le abrí el pantalón, saqué su polla gorda, venosa, tiesa como una barra. ‘No la uses aún’, le recordé, pero él ya me tenía la cabeza entre las piernas.
El polvo brutal y el regreso al curro
Me sentó en la mesa, apartó la ropa interior. Su lengua en mi coño, lamiendo el clítoris hinchado, metiendo dedos gruesos. ‘¡Dios, Pablo, me vas a hacer correrme ya!’, chillé suave. Lamía rápido, preciso, chupando mis labios mayores, jugosos. Olor a sexo puro, mi humedad por su barbilla. El orgasmo me explotó: ‘¡Me corrooo! ¡Joder!’, arqueé la espalda, temblando, chorros calientes en su boca. Él se relamió, sonriendo.
Ahora sí. ‘Fóllame duro’, le supliqué. Me volteó, culazo al aire. Escupió en mi entrada, empujó su verga de un golpe. ‘¡Qué coño tan apretado!’, rugió. Me taladraba brutal, pellizcándome las tetas colgantes. Pla-pla-pla contra mi carne. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme’, jadeaba yo, mordiéndome el labio para no gritar. Sudor goteando, papeles volando. Él me agarraba las caderas, embistiendo como animal. ‘Te voy a llenar de leche’, gruñó. Sentí sus huevos contra mi clítoris, frotando.
Cambié posición: yo encima, cabalgándolo en la silla. Mi coño tragándosela entera, subiendo y bajando. Tetazas rebotando en su cara, él mamándolas. ‘¡Fóllame, sí, dame polla!’, gritaba bajito. El riesgo de que entrara alguien… uf, me ponía a mil. Aceleré, su polla hinchándose. ‘Me corro dentro’, avisó. ‘¡Sí, lléname el coño!’, y explotamos juntos. Su semen caliente inundándome, yo convulsionando, uñas en su pecho.
Nos quedamos jadeando, pegados, olor a sudor y corrida. ‘Joder, ha sido brutal’, murmuró él. Nos limpiamos rápido con kleenex, ajustamos ropa. ‘Ahora cuéntame lo de la puta’, dije seria, recogiendo papeles. Volvimos al pasillo como si nada, sonrisas cómplices. Nadie notó nada. Pero yo… sigo mojadita recordándolo. Mañana, ¿repetimos?