Follada prohibida en la oficina: mi noche con el nuevo durante la tormenta

Ay, chicas, no os imagináis lo que me pasó ayer en la oficina. Soy María, la de contabilidad, siempre con ganas de jugársela. Llovía a cántaros, truenos por todos lados, y el jefe nos dijo que nos quedáramos hasta que pasara. La mayoría se fue temprano, pero Pablo, el nuevo de marketing, y yo… nos tocó cerrar el archivo. Él, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que me ponía cardíaca desde el primer día.

Estábamos solos en la sala de servidores, puerta cerrada por si acaso, luces tenues porque fallaba la electricidad. ‘¿Te quedas también?’, me dijo, mientras ordenaba carpetas. Yo, con mi falda ajustada y blusa medio desabotonada, le miré de reojo. ‘Sí, la tormenta me pilla lejos de casa’. Nuestros brazos se rozaban al pasar papeles, su olor a colonia mezclada con sudor… uf, me mojé un poco ahí mismo. Él carraspeó, ‘Hace calor aquí, ¿no?’. Se quitó la chaqueta, camiseta pegada al pecho. Yo me acerqué, ‘Déjame ayudarte con eso’, y le pasé la mano por el hombro. Sus ojos bajaron a mis tetas, que se marcaban bajo la blusa húmeda. Silencio pesado, respiraciones aceleradas. ‘María, no deberíamos…’, murmuró, pero su mano ya estaba en mi cintura. El espacio se volvió nuestro, privado, con el rugido de la lluvia tapando todo.

La tensión sube entre carpetas y miradas furtivas

De repente, me empujó contra la mesa, labios en mi cuello. ‘Joder, me vuelves loco desde la reunión’, gruñó. Le besé fuerte, lengua dentro, mordiendo. Sus manos subieron mi falda, palpando mi culo. ‘Estás empapada’, dijo riendo, metiendo dedos en mis bragas. Yo le bajé el pantalón, saqué esa polla gruesa, venosa, ya tiesa como una barra. ‘Mira qué pedazo de verga’, le dije, acariciándola despacio, sintiendo el pulso. Se la metí en la boca, chupando el glande, lengua alrededor, hasta la garganta. Él gemía, ‘Sí, cabrona, trágatela toda’. Me follaba la boca, manos en mi pelo, mientras yo le masajeaba los huevos.

El polvo brutal: polla dura, coño mojado y éxtasis sin frenos

Me tumbó sobre los dossiers, abrió mis piernas. ‘Ahora te como el coño’, y hundió la cara. Lengua en mi clítoris, lamiendo como loco, dedos dentro, curvados tocando el punto G. ‘¡Oh, joder, sí! Más profundo’, jadeaba yo, arqueándome. Me corrí rápido, chorros en su boca, él bebiendo todo. Luego me dio la vuelta, culo arriba. ‘Quiero ese ano’, escupió en mi ojete, metió un dedo, luego dos. Yo empujaba hacia atrás, ‘Métemela, Pablo, fóllame el culo’. Su polla entró lenta, estirándome, dolor-placer brutal. Embestía fuerte, cachetazos en las nalgas, ‘Eres una puta de oficina’. Yo me tocaba el clítoris, gritando bajito por si alguien oía. Cambiamos, yo encima, cabalgando su verga en el coño, tetas rebotando, él chupándolas, mordiendo pezones. ‘Córrete dentro, lléname’, le supliqué. Eyaculó a chorros, caliente, mientras yo explotaba otra vez, uñas en su pecho.

Nos quedamos jadeando, sudorosos, olor a sexo por toda la sala. ‘Ha sido… increíble’, dijo él, besándome suave. Yo sonreí, ‘Pero ahora, a limpiar esto’. Nos vestimos rápido, tiré los kleenex con semen, ordené las carpetas revueltas. ‘Como si nada’, le guiñé. Sonó el teléfono, el jefe: tormenta pasada, abrían mañana. Salimos juntos, profesionalísimos, pero con la promesa en los ojos de repetirlo. En el ascensor, su mano rozó mi culo disimuladamente. Adrenalina total, chicas. ¿Quién dijo que el trabajo es aburrido?

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