Ay, no sé por dónde empezar… Estaba en la oficina esta tarde, hace calor de cojones, el aire acondicionado petado y yo sudando bajo la blusa. Trabajo en una gestoría en el centro, papeleo hasta las narices. De repente, oigo a Javier, mi compañero del despacho de al lado, discutiendo por teléfono con su mujer. ‘¡Joder, no me rayes más!’, grita bajito pero se le escapa. Suena cabreado, como siempre que habla de ella. Cuelga de malas y sale al pasillo, pasa por mi mesa y me lanza una mirada… uf, esa mirada que quema.
Yo soy de las que no se cortan, ¿sabéis? Me encanta el morbo del curro, el riesgo de que nos pillen. Javier es mayor que yo, unos 50 tacos, pero está bueno, con esa barba de tres días y manos grandes de las que curra en obras a veces. Nuestras mesas están pegadas, compartimos armario de archivos. ‘¿Todo bien?’, le pregunto con una sonrisa pícara. Él suspira, ‘Mi mujer otra vez…’. Nos ponemos a revisar unos expedientes juntos, inclinados sobre la mesa. Siento su aliento en mi cuello, huele a café y a hombre. Nuestros brazos se rozan, y joder, noto cómo se me pone la piel de gallina.
La tensión sube entre papeles y miradas
Los minutos pasan, la oficina medio vacía, solo queda el jefe en su despacho lejano. ‘Ven, vamos a la sala de atrás a buscar el dossier viejo’, me dice. Entro detrás de él, cierra la puerta pero no del todo, queda entreabierta. El corazón me late fuerte, adrenalina pura. Nos sentamos en la mesita pequeña, nuestras rodillas se tocan. Levanto la vista y sus ojos azules me clavan. ‘Eres una tentación, ¿lo sabes?’, murmura. Dudo un segundo, ‘¿Y tu mujer?’. ‘Que le den’. Su mano sube por mi muslo, bajo la falda. Me muerdo el labio, el coño ya húmedo. La tensión es eléctrica, oigo voces lejanas en el pasillo.
De repente, me agarra la nuca y me besa, lengua dentro, salvaje. Le devuelvo el beso, mordiéndole el labio. ‘Quieta, que nos oyen’, susurra, pero sus dedos ya me tocan las bragas. Están empapadas. Las aparta y mete dos dedos directo al clítoris, frotando fuerte. Gimo bajito, ‘Joder, Javier…’. Se pone de pie, me baja las bragas hasta los tobillos y me sube a la mesa. Le desabrocho el pantalón, su polla sale dura como piedra, gruesa, venosa. La agarro, masturbándola lento, pre-semen en la punta. ‘Fóllame ya’, le pido con voz ronca.
El polvo brutal y sin frenos
Me abre las piernas, me clava la polla de un empujón. ¡Ay, Dios! Llena el coño hasta el fondo, duele un poco pero rico. Empieza a bombear, fuerte, la mesa cruje. Siento cada vena rozándome las paredes, el glande golpeando el útero. Sudamos, su pecho peludo contra mis tetas, que le saco de la blusa. Me chupa los pezones, mordiendo, mientras me folla sin piedad. ‘Tu coño es una puta maravilla, tan apretado’, gruñe. Yo le clavo las uñas en la espalda, ‘Más duro, cabrón, rómpeme’. Cambio de posición, me pone de espaldas contra la pared, me penetra por detrás. Sus huevos chocan contra mi culo, plaf plaf. Me tapo la boca para no gritar, pero gimo como loca. Huele a sexo, a sudor, a su colonia mezclada con mi humedad. Me corro primero, el coño se contrae alrededor de su polla, jugos bajándome por las piernas. Él sigue, ‘Me voy a correr…’, y saca, eyaculando en mi culo, chorros calientes que me resbalan.
Jadeamos, pegados un segundo. ‘Hostia, ha sido brutal’, dice riendo bajito. Nos limpiamos rápido con kleenex, yo me subo las bragas chorreando su leche, él se guarda la polla aún semi-dura. Nos miramos, sonrisa cómplice. ‘Vuelve al curro como si nada’, me guiña. Salimos por separado, yo primero. Me siento en mi silla, piernas temblando, coño palpitando. Él pasa, ‘¿Encontraste el dossier?’, normalito. Sonrío, ‘Sí, todo en orden’. El jefe sale, no sospecha nada. Adrenalina total, ya quiero más.