Mi polvo prohibido en la oficina: la follada más caliente con mi compañero

Trabajo en una oficina abierta, de esas con cubículos y mucho ruido de teclados. Pero con Diego, mi compañero de al lado, todo cambia. Llevamos meses con esa electricidad. Él, alto, con esa barba de tres días que me pone… eh, ya sabes. Hoy quedamos solos hasta tarde, revisando unos informes. El jefe se fue temprano, el resto también. Solo nosotros dos, rodeados de pilas de dossiers.

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Empiezo a notar sus ojos. Me mira por encima del ordenador, sonriendo de lado. ‘¿Todo bien, Ana?’, dice bajito. Yo asiento, pero siento el calor subiendo por mi cuello. Cruzo las piernas bajo la mesa, mi falda se sube un poco. Él se acerca, fingiendo mirar el papel. Su rodilla roza la mía. No me aparto. Al contrario, la dejo ahí, presionando suave. ‘Estos números no cuadran’, murmura, pero su mano ya está en mi muslo. El corazón me late fuerte. Miramos la puerta: cerrada con pestillo. El espacio se hace nuestro. Privado. El aire huele a café viejo y a su colonia, que me marea.

La tensión subiendo entre papeles y miradas

‘¿Qué haces?’, susurro, pero no paro su mano. Sube más, bajo la falda. Siento sus dedos ásperos en mi piel. Estoy ya húmeda, joder. ‘Shh, Ana, relájate’, dice con voz ronca. Me besa el cuello, rápido, como robado. Yo gimo bajito, miro el reloj: nadie vendrá. Su boca en mi oreja: ‘Llevo semanas queriendo esto’. Yo… yo también. Le agarro la nuca, lo beso fuerte. Lenguas enredadas, saliva mezclada. Su polla ya dura contra mi pierna. La tensión explota.

Nos movemos al despacho vacío del fondo. Cierro la puerta, persianas bajadas. Luz tenue de la lámpara. Lo empujo contra la mesa. ‘Quítate la camisa’, le ordeno, voz temblorosa de ganas. Él obedece, pectorales duros, sudor empezando a perlar. Yo me bajo la blusa, sujetador negro asomando. ‘Joder, qué tetas’, gruñe. Me las chupa, mordisquea los pezones. Duele rico. Yo le desabrocho el pantalón, libero esa polla gruesa, venosa. Late en mi mano. ‘Métemela ya’, jadeo.

Me sube a la mesa, falda arremangada. Bragas a un lado. Su lengua primero: lame mi coño empapado, clítoris hinchado. ‘Estás chorreando, puta’, dice riendo. Yo me retuerzo: ‘¡Sí, lame más!’. Dos dedos dentro, curvados, tocan ese punto. Gimo alto, tapándome la boca. Luego se pone de pie, polla apuntando. La frota en mi entrada, resbaladiza. ‘¿La quieres?’, pregunta. ‘¡Fóllame, hostia!’. Empuja de golpe. Llena todo. Duele y placer a la vez. Empieza a bombear, fuerte, mesa crujiendo.

El sexo brutal y sin filtros en el despacho

‘¡Más rápido!’, le pido. Él obedece, manos en mis caderas, clavándome uñas. Siento su polla hinchándose, rozando paredes. Sudor gotea de su frente al mío. OlOR a sexo crudo, coño mojado chapoteando. Cambio: me bajo, me apoyo en la mesa, culo al aire. ‘Por detrás, Diego’. Escupe en mi ano, pero va al coño. Me penetra salvaje, pelotas golpeando clítoris. ‘¡Voy a correrme!’, grito bajito. Él acelera: ‘Aguanta, zorra’. Me agarra el pelo, tira. Orgasmo me parte: coño contrayéndose, jugos bajando piernas.

Él gruñe: ‘Me corro… ¡ah!’. Siento chorros calientes dentro, semen llenándome. Polla palpita, vaciándose. Nos quedamos jadeando, pegados. Su semen escurre por mi muslo. Beso su hombro salado. ‘Joder, qué bueno’, murmura.

Minutos después, realidad. ‘Vístete, que viene el de seguridad’, dice riendo nervioso. Yo me limpio rápido con kleenex, huelo a sexo pero disimulo. Nos sentamos, abrimos portátiles. Como si nada. Él me guiña ojo: ‘Mañana repetimos?’. Sonrío. Corazón aún acelerado. Volvemos a los dossiers, profesionales. Pero dentro, la adrenalina quema. Nadie sabe. Nuestro secreto.

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