Ay, chicas, esto me pasó la semana pasada en la oficina. Trabajo en una multinacional aquí en Madrid, equipo mixto, y hay esta japonesa, Itome, que es… uf, una bomba. Baja, pelo negro liso, siempre con faldas cortas y blusas que marcan todo. La jefa, doña Ishikawa, unos cincuenta, elegante pero con ojo pícaro. Ese día, andaba liada con un informe urgente. ‘Itome, ayúdame con los archivos del contrato asiático’, me dijo la jefa por el chat interno. Bajamos las tres al cuartito del archivo, ese sitio polvoriento en el sótano, con estanterías hasta el techo, olor a papel viejo y humedad.
Entramos, cerramos la puerta metálica que hace clic, y ya se nota el aire cargado. Itome se sube a una escalera para alcanzar una carpeta alta, su falda se sube un poco, veo sus muslos blancos, lisos… Me pongo detrás para ‘ayudar’, mis manos rozan sus piernas por accidente. O no tanto. Ella baja la mirada, sonríe tímida, pero sus ojos negros brillan. ‘¿Necesitas esto?’, susurra, pasándome la carpeta. Nuestros dedos se tocan, electricidad. La jefa nos mira desde la mesa, riendo bajito. ‘Chicas, probad si esta seda de la blusa de Itome es buena para el tacto, como en Japón’. ¿Qué? Me acerco, toco la blusa fina de Itome, seda pura, suave como piel. Bajo la mano por su espalda, siento su calor, el sujetador… o nada debajo. Ella no se mueve, solo respira más rápido. ‘¿Te gusta?’, pregunta la jefa, guiándome la mano al pecho de Itome. Siento el pezón duro bajo la seda, lo froto despacio. Itome gime bajito, ‘Ah… sí…’. Mi coño ya palpita, humedad entre piernas. El espacio se cierra, solo nosotras tres, el zumbido de la ventilación, riesgo de que suba alguien…
La tensión sube entre carpetas y miradas calientes
De repente, la jefa cierra con llave. ‘Probemos más’, dice. Itome se gira, me besa el cuello, su lengua caliente, perfume ligero a jazmín. Le bajo la blusa, pechos pequeños firmes, pezones oscuros erectos. Los chupo, mordisqueo, ella jadea ‘¡Más!’. Yo… me muero de ganas. Se arrodilla, abre mi falda, pantalones abajo. Mi coño depilado a la vista, mojado. Me lame el clítoris lento, lengua experta, chupa mis labios, mete dedos. ‘¡Joder, qué buena boca!’, gimo. La jefa me quita la camisa, me masajea tetas. Luego, Itome se pone de rodillas ante mí, no, espera… Cambio. Yo la empujo contra la mesa de archivos, le bajo braga, coño rasurado, hinchado. Le meto lengua, sabrosa, salada, clítoris sensible, la hago gemir como gatita ‘¡Iku! ¡Iku!’. Mi polla… espera, no, soy tía, pero… No, el colega no, espera, adaptamos: llamo a un compañero? No, puro entre nosotras. Itome saca un consolador de su bolso, enorme, vibra. Me lo pone, me folla con él mientras yo la dedo. Pero quiero más crudo. Nos frotamos coños, clítoris contra clítoris, sudorosas, resbalosas. ‘¡Fóllame el culo!’, pide Itome en inglés roto. Escupo en su ano prieto, meto dedos, luego el juguete lubricado. La penetro anal fuerte, ella se agarra a las estanterías, papeles caen, ‘¡Sí, joder mi culo japonés!’. Bombeamos, su culo aprieta, yo acelero, ella chorrea squirt en el suelo. Yo exploto en orgasmo, temblando, gritando bajito por el riesgo.
Paramos jadeando, sudor frío. Itome se limpia con kleenex, se pone la blusa, falda perfecta. La jefa nos pasa perfume del bolso. ‘Volved al curro, chicas, como si nada’. Subimos, sonrisas normales. Yo al escritorio, tecleando informes, coño dolorido, sonrisa pícara recordando su culo apretado bajo la seda. Nadie nota nada, pero cada mirada a Itome me pone cachonda de nuevo. Adrenalina brutal, ¿repetimos?