Hace unas semanas en la oficina, eh… no sé, todo empezó con él. El nuevo, Miguel, ese moreno alto, musculoso, con esa piel bronceada que brilla bajo las luces fluorescentes. Llega de prácticas, 25 años, mirada de depredador. Yo, Ana, secretaria jefa, 42, pero con curvas que aún vuelven locos. Bueno, desde el primer día, nos cruzamos miradas. Entre los dossiers apilados, yo inclinada buscando un archivo, él pasando por detrás, rozando apenas mi culo con su paquete duro. ‘Perdón, Ana’, dice con voz grave, pero sus ojos… uf, me comen viva.
Los días pasan, la tensión crece. En las reuniones, sentada frente a él, cruzo las piernas, noto cómo me mira las tetas bajo la blusa ajustada. Sudor en la nuca, el aire acondicionado no basta. ‘Ana, ¿me pasas el informe?’, pregunta, y su mano roza la mía, electricidad. Me mojo ahí mismo, coño palpitando. Una tarde, solos en la sala de copias, la puerta entreabierta. ‘Estás buena hoy’, susurra, acercándose. Huelo su colonia mezclada con macho. ‘Cállate, Miguel, nos pueden pillar’, digo, pero mi voz tiembla, pezones duros contra el sujetador. Él sonríe, pone el pestillo. Espacio privado ya. Su mano en mi cintura, bajando al culo, aprieta fuerte. ‘Quiero follarte aquí’, gruñe. Yo… dios, la adrenalina me sube, corazón a mil. ‘Vale, pero rápido’, miento, porque quiero más.
La tensión entre los escritorios y las miradas
Me gira contra la fotocopiadora, aún caliente. Levanta mi falda, arranca las bragas. ‘Joder, qué coño tan mojado’, dice, metiendo dos dedos gruesos. Gimo bajo, mordiéndome el labio. Saco su polla, enorme, venosa, cabezona, al menos 20 cm, dura como piedra. ‘Métemela ya’, suplico, voz ronca. Me penetra de golpe, brutal, hasta el fondo. ‘¡Ahhh, coño!’, grito ahogada. Empieza a bombear, salvaje, polla abriéndome en canal. Siento cada vena rozando mis paredes, jugos chorreando por mis muslos. Me agarra las tetas, pellizca pezones, me dobla sobre la máquina. Papeles vuelan. ‘Eres una puta cachonda’, jadea, acelerando. Yo revoleo caderas, clítoris hinchado frotando su pubis. ‘Fóllame más fuerte, cabrón’, gimo. Cambia ángulo, me da en el punto G, orgasmo sube como tsunami. Él me chupa el cuello, mordisquea oreja, sudamos pegados. ‘Me voy a correr’, gruñe. ‘Dentro, lléname de leche’, ordeno. Eyacula chorros calientes, inundándome, polla pulsando. Yo exploto, coño contrayéndose, piernas temblando, grito contenido.
Detrás, la oficina zumba: teléfonos, voces. Nos separamos jadeantes. Limpio con kleenex su semen goteando, me subo bragas húmedas. Él guarda la bestia, aún semi. ‘Ni una palabra’, digo seria, arreglando falda. Sonríe pícaro. ‘Cuando quieras, jefa’. Salimos por separado, yo primero, cara de póker. Vuelvo al escritorio, respondo emails como si nada, coño lleno de su corrida tibia, olor a sexo en piel. Él pasa, guiño. Adrenalina aún, sonrisa interna. Trabajo normal, pero ya planeo la próxima.