Ay, Dios, acabo de salir de la oficina y aún me tiemblan las piernas. Soy Ana, 32 años, asistenta ejecutiva en una consultora cutre del centro de Madrid. Adoro el rollo prohibido, esa adrenalina de follar sabiendo que nos pueden pillar en cualquier momento. Hoy ha sido la hostia. Llegó el nuevo, Javier, un tío alto, serio, con pinta de empollón. Vino a mi despacho a revisar expedientes para su incorporación. Cerré la puerta a medias, el aire ya olía a su colonia fuerte, masculina, que me pone cachonda al instante.
Le miro de reojo mientras hojeamos papeles. Llevo mi falda plisada negra, esa que se abre sola, medias de liga y tacones finos. Cruzo las piernas despacio… noto sus ojos bajando. Eh, sí, ve el borde negro de la liga, la piel blanca arriba. Se pone rojo, carajo, y ajusta las piernas. Su paquete… ay, ya marca polla dura bajo los pantalones. Sonrío, me inclino sobre el escritorio, mi blusa se abre un poco, deja ver el encaje del sujetador. ‘¿Todo bien, Javier? ¿Te gustan los expedientes?’, le digo con voz suave, juguetona. Él balbucea, ‘S-sí, Ana, todo perfecto’. Pero sus ojos no paran de bajar a mis tetas, a mis muslos.
La tensión subiendo entre expedientes y miradas calientes
La tensión sube como la puta leche. El despacho es pequeño, privado ahora que echo el pestillo. Su aliento se acelera, huelo su sudor nervioso. Me levanto, paso rozándole el brazo con mi cadera. ‘Ven, mira este archivo aquí atrás’, le digo, y me giro, dejando que mi culo ronde bajo la falda. Siento su mirada quemándome. Se acerca, su polla roza mi nalga por ‘accidente’. ‘Perdón…’, murmura. Yo me río bajito, ‘No pasa nada, cielo. A mí me gusta’. Le miro fijo, lamo mis labios. Él traga saliva, la polla le late visible.
No aguanto más. Le empujo contra el escritorio. ‘Quítate los pantalones, Javier. Quiero ver esa verga que escondes’. Dudó un segundo, pero obedece, baja el bóxer y ¡joder! Polla gruesa, venosa, cabezona ya goteando precum. Me arrodillo, el suelo duro me marca las rodillas, pero me da igual. La cojo en la mano, piel caliente, palpitante. La chupo despacio, lengua alrededor del glande, saboreo ese gusto salado. ‘Mmm, qué rica polla tienes’, gimo. Él jadea, ‘Ana… nos pueden oír…’. Yo succiono más fuerte, bolas en la mano, masajeando. Le meto un dedo en el culo, rozando la próstata, y se retuerce.
El polvo brutal y sin frenos en el despacho cerrado
Me levanto, me subo la falda. ‘Mírame el coño, está chorreando por ti’. Sin bragas, solo la liga. Le guío la mano, dedos gruesos me abren los labios, meten dos de golpe. ‘¡Joder, qué apretado y mojado!’, gruñe. Le monto contra la mesa, coño tragándose su polla entera. Ay, el estirón, duele rico. Cabalgo fuerte, tetas rebotando fuera del sujetador. ‘Fóllame duro, cabrón, dame polla hasta el fondo’. Él agarra mi culo, azota, mete un dedo en mi ano mientras empuja. Plaf, plaf, el escritorio tiembla, papeles vuelan. Siento su glande golpeando el cérvix, mi clítoris rozando su pubis. Gimo alto, ‘¡Sí, así, rómpeme el coño!’. Sudor nos pega, olor a sexo crudo llena el aire.
Me da la vuelta, me pone a cuatro patas sobre la mesa. ‘Voy a correrme dentro’, dice ronco. ‘Hazlo, lléname de leche’. Empotra brutal, polla como pistón, bolas golpeando mi clítoris. Un azote en cada nalga, rojas ya. Me corro primero, coño contrayéndose, chorros mojando sus huevos. Él ruge, inyecta semen caliente, chorros potentes llenándome hasta rebosar. Saco la polla, corrida espesa cayendo por mis muslos.
Respiro hondo, nos miramos riendo nerviosos. ‘Vístete rápido, en dos minutos hay reunión’, digo limpiándome con kleenex. Él se sube los pantalones, yo me arreglo falda, pelo. Salimos, yo delante, él detrás. En la sala, todos normales, charlando expedientes. Nadie nota mi coño palpitante ni su sonrisa satisfecha. Adrenalina pura, ya quiero más.