Follada prohibida en la oficina: mi aventura con el jefe de ventas

Trabajo en una oficina cutre del centro, papeleo hasta las narices, pero con Carlos, el jefe de ventas, siempre hay chispa. Ese cabrón de 45 tacos, con su traje ajustado que marca paquete, me pone a mil. Hoy, jueves por la tarde, nos mandan a la sala de archivos a revisar expedientes del último trimestre. La puerta se cierra con un clic, y ya estamos solos. El aire huele a papel viejo y su colonia fuerte, de esas que te marean.

—Laura, pasa esa carpeta de ahí arriba —me dice, acercándose demasiado. Sus ojos recorren mis tetas bajo la blusa blanca, semi-transparente porque sudé con el calor.

La tensión sube entre los expedientes

Estiro el brazo, mi falda plisada sube un poco, noto su mirada clavada en mis muslos. Me giro, y zas, su mano roza mi culo ‘por accidente’. El corazón me late fuerte, eh… ¿lo paramos? No, joder, me encanta el riesgo. Colleagues fuera, pero oímos voces al fondo.

—Estás buena hoy, Laura —susurra, su aliento caliente en mi cuello. Apoya su cuerpo contra el mío, siento su polla semi-dura contra mi nalga. Manos en mi cintura, bajando despacio. Yo jadeo bajito, miro la puerta. ¿Y si entra alguien?

Le cojo la mano, la meto bajo mi falda. —Tócame, pero rápido —le digo, voz temblorosa. Dedos en mi tanga, ya empapada. Frota mi clítoris, lento al principio, luego fuerte. Gimo, mordiéndome el labio. Él se desabrocha el pantalón, saca la verga tiesa, gorda, venosa. La froto por encima de la falda, el espacio se cierra, solo nosotros, el polvo flotando.

No aguanto más. Me subo a la mesa de archivos, abro las piernas. —Fóllame ya, Carlos. —Él gruñe, empuja mi tanga a un lado, mete dos dedos en mi coño chorreante. Entra y sale, chapoteo húmedo, mis jugos por su mano. Me besa el cuello, muerde mi oreja. —Estás tan mojada, puta…

El polvo brutal y el regreso al curro

Saca los dedos, los chupa. Posiciona la polla en mi entrada, roja e hinchada. Empuja de golpe, me llena entera. —¡Joder, qué prieta! —gime. Empieza a bombear, fuerte, la mesa cruje. Mis tetas rebotan, me arranco dos botones, él las chupa, muerde los pezones duros. Siento cada vena de su verga rozando mis paredes, el glande golpeando mi cervix. Sudor gotea, mezclándose con mi flujo.

—Más duro, cabrón, rómpeme el coño —suplico, uñas en su espalda. Acelera, peloteo contra mi clítoris, pla pla pla. Oímos pasos fuera, nos paramos un segundo, él tapándome la boca. Adrenalina pura, polla pulsando dentro. Sigue, ahora de lado, una pierna en alto. Me folla como animal, bolas golpeando mi culo. —Me voy a correr… —advierte.

—Córrete dentro, lléname —le ruego. Un último embiste brutal, gruñe como bestia, chorros calientes inundan mi útero. Yo exploto, coño contrayéndose, squirteo un poco en su polla. Tiembla, nos quedamos pegados, jadeando.

Minutos después, él sale despacio, semen goteando por mi muslo. Nos limpiamos con kleenex de la mesa, risa nerviosa. —Ha sido la hostia, Laura. —Me bajo la falda, abrocho lo que puedo, pelo revuelto pero disimulo.

Salimos, él con carpeta en mano, yo sonriendo inocente. —Ya está todo revisado —decimos al jefe. Vuelta a los escritorios, como si nada. Pero siento su lefa resbalando en mi coño todo el día, recordatorio de la follada épica. Mañana, ¿repetimos?

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