Follada salvaje en la oficina con mi compañero: Mi secreto prohibido

Trabajo en una oficina abierta, rodeada de mesas y el ruido constante de teclados. Miguel está enfrente, mi compañero del departamento de ventas. Alto, moreno, con esa sonrisa que me pone la piel de gallina. Desde hace semanas, nos lanzamos miradas. Él me mira el escote cuando creo que no ve, yo fijo sus manos fuertes sobre el ratón. Hoy, jueves, el calor aprieta y llevo una falda ajustada. Siento su mirada quemándome las piernas.

—Ey, Laura, ¿vienes un momento a mi despacho? Tengo unos dossiers que revisar contigo —me dice por el chat interno, voz casual pero con ese tono…

La tensión que sube entre papeles y miradas

Dudo. El corazón me late fuerte. “Vale, ahora voy”, tecleo. Me levanto, noto mi coño ya húmedo solo de pensarlo. Entro en su despacho pequeño, cierra la puerta. Clic del pestillo. El espacio se hace íntimo de golpe. Papeles por todas partes, el aire huele a su colonia y café rancio.

Se acerca, demasiado cerca. —Estos… —dice, pero no mira los papeles. Sus ojos en mi boca. Me agarra la cintura, me besa. Joder, su lengua dura, salvaje. Yo respondo, mordiéndole el labio. —Miguel, ¿y si entra alguien? —susurro, pero mis manos ya en su camisa.

—Calla, déjame probarte —gruñe, bajándome la blusa. Mis tetas saltan, pezones duros como piedras. Me lame uno, chupa fuerte. Gimo bajito, miro la puerta. Adrenalina pura, el miedo a que toquen me moja más.

Me sube la falda, dedo en mi tanga. —Estás empapada, puta —ríe bajito. Sí, lo estoy. Le bajo los pantalones, su polla salta: gruesa, venosa, como 25 cm. La agarro, late en mi mano. Me arrodillo un segundo, la chupo rápido, saliva goteando. Sabe a hombre, a deseo acumulado.

Me pone sobre la mesa, papeles volando. Piernas abiertas, coño expuesto, hinchado. —Fóllame ya —le ruego, voz ronca. Escupe en su polla, me abre de un empujón. Duele y mola. Entra entero, me llena hasta el fondo. —¡Joder, qué apretada! —gime, clavándome.

El polvo brutal y la despedida fingida

Empieza lento, golpes profundos. Siento cada vena rozándome las paredes, mi clítoris palpita. Sudamos, el escritorio cruje. Acelera, me pilla las tetas, pellizca pezones. —Vas a gritar, ¿eh? —me provoca. Yo muerdo mi labio, pero gimo: —Más… no pares…

Me da la vuelta, cara contra la mesa. Baja mis bragas del todo, me abre el culo. —Quiero tu ano —dice. Saliva en mi ojete, dedo primero, luego dos. Me duele un poco, pero relajo. Su polla presiona, entra despacio. Quema, estira. —¡Aah, despacio! —chillo suave. Pero él empuja, todo adentro. Me folla el culo crudo, profundo. Sensación loca, llena hasta reventar. Mis jugos chorrean por los muslos.

Me masturba el coño mientras, dedos en mi clítoris. Estoy al borde, tiemblo. —No corras aún —ordena, frenando. Edging puro, me mantiene ahí, jadeando. Vuelve al coño, alterna. Polla reluciente de mis fluidos. Huele a sexo puro, sudor y deseo.

—Ahora sí —gruñe. Me penetra vaginal fuerte, salvaje. Orgasmo me arrasa: coño contrayéndose, grito ahogado. Él sigue, no para. Siento su polla hincharse, eyacula dentro. Chorros calientes, llenándome. Sale, semen gotea de mi coño abierto.

Respiramos agitados. Se limpia con un kleenex, yo me bajo la falda temblando. —Vístete rápido, en dos minutos reunión —dice, serio de golpe. Le beso fugaz. Salimos por separado. Yo a mi mesa, cara roja, coño palpitando aún con su leche dentro. Él pasa, guiño discreto. Nadie nota nada. Vuelvo al teclado, como si nada. Pero sonrío por dentro. Mañana, más.

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