Estaba jodida. Esos cabrones del departamento de ventas me perseguían por el pasillo, gritando que les había jodido el informe. Corría con el corazón en la garganta, tacones resonando en el suelo de linóleo. Mi falda se subía, sudor frío bajándome por la espalda. Empujé la primera puerta que vi, la de Tehila, mi rival de marketing. La odiaba. Siempre compitiendo por los ascensos, miradas de fuego en las reuniones.
Me metí dentro, jadeando. Ella estaba allí, sola, revisando carpetas en su mesa. Cerró la puerta con llave, rápido. ‘¿Qué coño haces aquí, Sara?’, susurró, ojos negros clavados en mí. Me aplasté contra la pared, pecho subiendo y bajando. ‘Shh… esos hijos de puta… me buscan’. Su mirada bajó por mi blusa desabotonada, pezón casi asomando. Tragué saliva. El aire se espesó. Se acercó, lento, oliendo a perfume caro y algo más… deseo.
La tensión entre carpetas y miradas ardientes
‘Estás temblando’, dijo, voz ronca. Pasó la mano por mi brazo desnudo. Mi piel ardió. Intenté apartarme, pero sus ojos… joder, me hipnotizaban. Pomelos altos, labios carnosos. ‘No me toques, Tehila. Somos enemigas’. Pero no me moví. Ella sonrió, maliciosa. ‘Enemigas… ¿o algo más?’. Empujó las carpetas al suelo, ruido sordo. El espacio se volvió nuestro. Puerta cerrada, persianas bajadas. Solo nosotras. Su aliento en mi cuello. ‘Siéntate’, ordenó, señalando la mesa.
Me subí, piernas abiertas sin darme cuenta. Ella se metió entre ellas, manos en mis muslos. ‘Siempre te miro en las reuniones, Sara. Tu culo en esa falda…’. Dudó, mordiéndose el labio. ‘Quiero probarte’. Mi coño palpitó. Odio y lujuria mezclados. La adrenalina de ser pilladas… uf. Le agarré el pelo, tirando. ‘Hazlo, puta. Pero rápido’.
Sus dedos subieron mi falda, rasgando las bragas. ‘Mira cómo chorreas, zorra’. Metió dos dedos en mi chocho empapado, curvándolos. Gemí, alto. ‘¡Cállate!’, siseó, tapándome la boca. Chupó mi cuello mientras me follaba con la mano, pulgar en el clítoris, frotando duro. Olía a sexo, a sudor nuestro. Me corrí rápido, piernas temblando, jugos bajando por sus dedos.
El polvo intenso y sin frenos
No paró. Me bajó de la mesa, me giró. Cara contra el cristal, culo al aire. ‘Ahora mi turno’. Oí su cremallera, no… sacó un consolador del cajón. Grande, grueso. ‘¿Lista?’. Asentí, ansiosa. Me lo clavó de un golpe, hasta el fondo. ‘¡Joder, Tehila! ¡Me partes!’. Embestía fuerte, sin piedad. Paff, paff, contra mi culo. Sus tetas contra mi espalda, pellizcándome pezones. ‘Tu coño aprieta como puta en celo. Grita bajito’. Mordí mi labio hasta sangrar. Sudor goteando, mesas crujiendo.
Cambió ángulo, rozando mi punto G. ‘¡Me vengo otra vez!’. Chorros calientes salpicando el suelo. Ella gruñó, acelerando. ‘Ahora te como’. Me tumbó en el sofá, piernas abiertas. Lengua en mi clítoris, chupando como loca. Dedos dentro, tres ahora, estirándome. ‘Sabe a gloria, Sara. Tu crema…’. Lamí su pelo, arqueándome. La oficina afuera, voces lejanas. Riesgo puro.
Se subió encima, frotando su coño peludo contra el mío. Tribbing salvaje, clítoris chocando. ‘¡Fóllame así!’. Gemidos ahogados, cuerpos resbaladizos. Se corrió gritando en mi boca, beso salvaje, lenguas enredadas. Yo exploté debajo, uñas en su espalda.
Jadeando, se apartó. Minutos después, nos miramos. ‘Vístete’, dijo, seria. Limpió el desastre con toallitas. Yo arreglé mi falda, blusa. ‘Como si nada’. Abrió la puerta. ‘Nos vemos en la reunión’. Salí, piernas flojas, sonrisa secreta. Volví a mi mesa, profesional. Pero mi coño aún palpitaba. Mañana… ¿repetimos?