Trabajo de compradora en una multinacional. Pedro, el dueño de esa pyme, me la jugó la semana pasada con un contrato gordo. Hoy, sorpresa, me planto en su fábrica sin avisar. Llego a la entrada, nadie en recepción, empujo la puerta del taller. Lo llamo por teléfono desde abajo, viéndolo en su oficina de cristal. Baja corriendo, eh… con vaqueros sucios, barba de tres días. Huele a sudor y máquina.
Nos encontramos en el stock de cartones. Pilas de cajas vacías, rollos de cinta, burbujas de plástico. Le pregunto por el gramaje del cartón, me agacho a mirar. Siento su mirada clavada en mi culo. Mi vaquero azul me aprieta las nalgas, perfecto. Se pone nervioso, balbucea sobre proveedores y calidad. Yo me enderezo despacio, lo miro fijo. Sus ojos bajan a mis tetas, apretadas en la blusa negra.
La tensión sube entre cajas y miradas calientes
‘Hemos empezado producción, ¿no?’, digo seca. Él asiente, tartamudea cifras. Le suelto que necesitamos el doble, 20.000 piezas ya. Silencio. Cruza los brazos, yo me apoyo en una caja, descruzo las piernas lento. Nuestros ojos se enredan. ‘Necesito tu ayuda, Pedro’, susurro. Su mirada se enciende. El taller está vacío, fin de jornada, solo el zumbido lejano de máquinas paradas.
Me quito la chaqueta, dejo que vea mi caraco negro. Él traga saliva. ‘¿A 220 euros las extra?’, propongo, rozando su brazo. Se acerca, coge mi barbilla. ‘250, y me follas aquí’. Joder, directo. Río bajito, muerdo mi labio. ‘Eres un cerdo’. Pero mi coño ya palpita. El espacio se cierra, solo nosotros entre cajas. Su mano baja a mi cadera, aprieta. ‘220 y te demuestro mi polla’, gruñe.
Sus dedos en mi cintura, yo en su paquete. Duro como piedra. ‘Aquí nadie nos pilla, turno acabado’, dice. Le desabrocho el pantalón, saco esa verga gruesa, venosa. Me arrodillo, la miro hambrienta. ‘Mámamela’, ordena. La chupo despacio, lengua en el glande, saliva goteando. Gime, eh… ‘Joder, qué boca’. Le escupo en la polla, la meto entre mis tetas. Saqué el sujetador, globos blancos, duros pezones. Branlette española brutal, sube y baja, mi lengua lame cada vez que sale.
El polvo brutal y el regreso al curro como si nada
‘Para, o me corro’, jadea. Me levanto, me bajo el vaquero. Culotte negra empapada. Me la quito, abro piernas sobre una caja. Mi coño depilado brilla de jugos. Él se quita la camisa sudada, me agarra tobillos, los pone en sus hombros. ‘Te voy a reventar el coño’. Empuja, entra de golpe. ‘¡Puta madre!’, grito. Paredes apretando su polla gorda. Bombeamos lento al principio, ondulando caderas. Sus manos en mis caderas, yo me toco el clítoris hinchado.
Acelera, me taladra como un pistón. ‘¡Fóllame más fuerte, cabrón!’. Sus pelotas chocan mi culo, chapoteo de coño mojado. Le agarro los brazos, uñas clavadas. Sus manos amasan mis tetas, pellizca pezones. ‘Qué tetas, joder’. Cambio, me pongo a cuatro, él detrás. Me embiste salvaje, polla hasta el fondo. ‘¡Me corro, no pares!’. Grito, tiemblo, chorro de placer. Él gruñe, me llena de leche caliente, chorros dentro.
Caemos jadeando sobre cartones rotos. Ropa tirada, olor a sexo y sudor. Me besa, bergamota en su boca. ‘Contrato cerrado, 230’, dice riendo. Nos vestimos rápido, él se sube el pantalón, yo el vaquero. ‘Mañana más producción’, digo seria, ajustando gafas. Él asiente, profesional. Salgo del stock, cruzamos taller vacío. En la puerta, guiño: ‘Nos vemos pronto’. Vuelvo a mi coche, coño palpitando aún. Trabajo como si nada, pero con su semen goteando.