Estaba en la oficina, viernes tarde, rodeada de pilas de dossiers amarillentos que olían a polvo y tinta vieja. Marco, mi jefe, de 45 años, con esa mirada penetrante que me ponía la piel de gallina, se acercó por detrás. ‘Necesito que me ayudes con estos papeles, Ana’, murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Yo, 28 años, española de pura cepa, con mi falda ajustada y blusa semi-desabotonada, sentí un cosquilleo en el coño. ‘Claro, jefe… ¿dónde?’, respondí, mordiéndome el labio.
Sus ojos bajaron a mis tetas, que se marcaban bajo la tela fina. Empezamos a clasificar, rozándonos los brazos. Cada vez que me inclinaba, notaba su polla endureciéndose contra mi culo. ‘Joder, Ana, hueles tan bien hoy…’, dijo, olfateando mi perfume. Yo me giré, nuestras caras a centímetros. ‘Es mi nuevo aceite… me pone cachonda’, confesé, con la voz temblorosa. El corazón me latía fuerte, la puerta de la sala de archivos entreabierta, colegas aún en sus mesas. ‘Cierra eso’, susurré, y él obedeció con un clic que sonó como una promesa.
La tensión sube entre los expedientes
Ahora solos, el espacio se volvió nuestro. Apoyé la cadera en la mesa polvorienta, él se pegó a mí, manos en mi cintura. ‘No deberíamos…’, balbuceé, pero mis pezones ya estaban duros como piedras. Me besó el cuello, mordisqueando, mientras sus dedos subían por mi muslo. ‘Calla, puta caliente’, gruñó, y metí la mano en su pantalón. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando precum. ‘¡Hostia, qué verga tan grande!’, jadeé, acariciándola despacio, sintiendo el pulso.
Me volteó contra la estantería, falda arriba, braga a un lado. ‘Mira cómo tienes el coño empapado’, dijo, frotando mi clítoris hinchado. Gemí bajito, miedo a que alguien entrara. Dos dedos dentro, chapoteando en mis jugos, me folló la mano mientras yo le chupaba la lengua. ‘Quiero tu polla ya’, supliqué. Se bajó los pantalones, me abrió las piernas y la clavó de un empujón. ‘¡Aaaah, joder, me partes!’, grité ahogado. Entraba y salía brutal, bolas golpeando mi culo, el olor a sexo llenando el aire húmedo.
El clímax brutal y sin frenos
Me follaba como un animal, tetas fuera, pellizcándome los pezones. ‘Eres mi zorra de oficina’, jadeaba, acelerando. Yo clavaba uñas en su espalda, coño apretando su verga, chorros de placer subiendo. Cambiamos: yo encima, cabalgando en la mesa, papeles volando. ‘¡Más duro, cabrón!’, exigí, rebotando, clítoris frotándose. Él me agarró el culo, metiendo un dedo en mi ano. ‘¡Sí, fóllame el culo también!’, organicé. Orgasmos nos sacudieron: yo squirteando en su polla, él llenándome de leche caliente, chorros espesos goteando por mis muslos.
Sudados, jadeantes, nos miramos. ‘Joder, qué pasada…’, murmuró él, besándome suave. Me limpié rápido con kleenex, braga empapada, falda abajo. Él se subió el pantalón, polla aún semi-dura marcando. ‘Vuelve al trabajo como si nada’, dijo con guiño. Salimos, yo cojeando un poco, sonrisa disimulada. Colegas ni se inmutaron. Seguí tecleando, coño palpitando con su semen dentro, adrenalina pura. Mañana, más dossiers… y quién sabe.