Me folló el culo en los archivos de la oficina: mi secreto prohibido

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Trabajo en una oficina grande, de esas con pasillos interminables y archivos llenos de polvo y papeles viejos. Soy Carla, la típica ejecutiva con falda lápiz, blusa ajustada y tacones que me hacen el culo redondo. Abro mucho las piernas en la cama, pero en el curro… uf, eso es otro nivel. Me flipa el riesgo, el miedo a que nos pillen follando como animales.

Era jueves, tarde de mierda. Mi jefe, un capullo con pinta de viejo verde, me dice: ‘Carla, ve al archivo y trae el expediente de los clientes del 2022’. Clavo la mirada en Mohamed, el chico del mantenimiento. Moreno, fuerte, con esa camiseta ajustada que marca sus músculos. Siempre me mira el culo cuando paso. Él levanta la ceja, yo le guiño el ojo. ‘¿Vienes a ayudarme, Moha?’, le suelto bajito. Él asiente, con esa sonrisa pícara.

La tensión subiendo entre los estantes

Bajamos juntos al sótano. El archivo es un laberinto de estanterías altas, olor a papel viejo y humedad. Luces fluorescentes parpadeando, puerta que se cierra sola. Privacidad total. Empezamos buscando entre los cajones. Nuestros brazos se rozan, huelo su colonia barata mezclada con sudor. ‘¿Dónde coño está esto?’, digo yo, agachándome. Mi falda se sube un poco, sé que ve mis braguitas. Él se pone detrás, su aliento en mi cuello. ‘Aquí arriba, Carla’, murmura, estirándose. Yo miro su paquete apretado en los pantalones.

El corazón me late fuerte. Nuestros ojos se cruzan, hay fuego. ‘¿Delante o detrás?’, pregunta él, señalando un estante alto. Yo, cachonda perdida, malinterpreto. ‘Detrás…’, susurro, apoyándome en la estantería, arqueando la espalda. Siento sus manos en mis rodillas. Suben lentas, rozando la piel de mis muslos. Suspiro largo, ‘Mmm… sí’. Llega al borde de la falda, la remanga despacio. El aire fresco me besa el culo. Bajo las bragas a los tobillos de un tirón. Globos blancos temblando.

Se arrodilla, nariz en mi raja. Huele mi coño húmedo. Lengua directa al ano, lamiendo el agujerito. Me contraigo, ‘¡Joder, Moha!’. Vrilla adentro, chupando fuerte. Mis nalgas palpitan, jugos bajando. Me mojo como una puta. Se levanta, zipper bajando. Siento su polla dura, gorda, presionando mi entrada trasera. ‘¿Lista?’, gruñe. Asiento, mordiéndome el labio.

El polvo intenso y el regreso al curro

Empuja. Duele al principio, el capullo forzado en mi culo estrecho. Gimo, ‘¡Aah, despacio!’. Se dobla un poco, luego ¡plof!, entra el glande. Siento cada vena. Empieza a bombear lento, variando ángulo. Yo me relajo, el dolor vira a placer puro. ‘Fóllame más fuerte’, pido. Agarra mis caderas, me clava hasta las bolas. Mis pies se levantan del suelo, colgada de la estantería. Ritmo brutal, pak pak pak contra mi carne. Sudor goteando, papeles cayendo.

Siento su polla hincharse. ‘Me corro…’, jadea. Yo estoy al borde, ano ordeñándolo. Grita bajito, chorros calientes llenándome el culo. Yo exploto, grito ahogado, coño chorreando sin tocarlo. Deslizamos, él me sujeta para no caer en el suelo sucio.

Nos separamos. Subo bragas, bajo falda. Postura recta, como si nada. ‘Ahora el expediente, tengo prisa’, digo seria, señalando el cajón. Él ríe por lo bajo, se sube los pantalones. Encuentra el puto dossier en dos minutos. Subimos, yo delante, culo lleno de su leche goteando.

De vuelta en la oficina, jefe: ‘¿Todo bien?’. ‘Perfecto’, sonrío. Mohamed me pasa por el lado, susurro: ‘Esta noche en casa, recojo a los peques’. Él: ‘Vale, amor’. Nadie sospecha. Adrenalina pura. ¿Repetimos? Claro que sí.

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