Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Trabajo en una oficina grande aquí en Madrid, soy gerente administrativa, rubia, tetas grandes y firmes, culo perfecto de tanto gym. Siempre voy provocativa pero elegante, faldas cortas que marcan mis muslos. Odiaba a Raúl, el informático sindicalista, siempre discutiendo por tonterías. Él, alto, musculoso, con esa mirada que me ponía nerviosa. Pero el viernes pasado… uf.
Llegué tarde, mi PC plantado para una reunión clave. Llamé a Raúl, gruñendo. Vino a mi despacho, oliendo a colonia fresca. Se inclinó sobre mi hombro, sus manos grandes en el teclado, y… sentí su aliento en mi cuello. Miré de reojo, su camisa ajustada marcando pectorales. ‘Tranquila, ya está’, murmuró. Nuestros ojos se cruzaron, segundos eternos. Le ofrecí un café, él aceptó. Charla tensa, roces accidentales al pasar papeles. ‘¿Te duele la espalda?’, preguntó, viendo cómo me retorcía. ‘Sí, joder, mucho gym’. Hizo una pausa, ‘Yo sé masajear, de jovencito estudié quiro’. Dudé, pero el dolor… ‘Vale, pero rápido’.
La tensión sube entre escritorios y miradas
Apagué luces del pasillo, cerré puerta. Espacio privado ya. Me quité blusa, quedé en sujetador push-up, falda subida. Me tumbé en mi mesa, boca abajo. Sus manos… aceite tibio, fuertes, amasando hombros. ‘Relájate, déjame’. Gimiendo bajito, sus dedos bajaron a lumbares, rozando culo. Hizo falta el sujetador, tetas libres latiendo. Sus palmas rozaron costados, pezones duros. Abrí piernas un poco, adrenalina subiendo: ¿y si entra alguien? Me encantaba el riesgo.
Terminado, nos miramos. ‘Prueba automasaje esta noche’, dijo guiñando. Cenamos ensaladas en mi mesa, rosado frío. Regresamos a ordenadores, mi despacho y el suyo separados por mampara fina, semiabierta. ‘Mejor señal así’, dijo él. Yo en bata de oficina? No, albornoz improvisado de emergencia. Abrí, manos en hombros, bajando… tetas al aire, pezones tiesos. Él miró de soslayo, polla hinchándose en pantalón.
El clímax brutal y la vuelta a la normalidad
La tensión explotó. Manos en tetas, amasando, pellizcando pezones. ‘Mira cómo me pongo’, susurré. Él abrió bragueta, polla gorda saliendo, venosa, cabezota roja. Yo bajé tanga, coño depilado mojado, labios hinchados. Dedos en clítoris, círculos rápidos. ‘Joder, qué coño tan rico’, gruñó él pajeándose lento. Nuestros pies casi tocándose, un metro. Ritmo igual: yo frotaba clítoris, metía dos dedos en chocho chorreante, él bombeaba polla dura como hierro.
Acto brutal. ‘Fóllame con la mirada, cabrón’. Aceleré, chocho palpitando, jugos bajando muslos. Él gruñía, mano volando en verga, huevos peludos tensos. ‘Me corro, puta…’. Grité ahogada, orgasmo violento, coño contrayéndose, squirteando un poco en silla. Él eyaculó chorros blancos espesos, salpicando tripa, olor a semen fuerte. Gemí viéndolo ordeñarse la polla, gotas finales. Limpieza rápida con kleenex, él limpió mi coño goteante con toallita, dedo rozando clítoris aún sensible. ‘Qué polvazo sin tocarnos’.
Suspiros, risas nerviosas. Vestimos rápido. ‘Motus, ¿eh?’. ‘Boca cosida’. Apagué zen, abrí persianas. Mañana, cafés normales, él arregló impresora como si nada. Adrenalina pura, volver al curro fingiendo. Pero ya planeamos repetición. Uf, qué vicio el riesgo en oficina.