Mi polvo salvaje en la oficina: el riesgo de ser pillada me pone a mil

Oye, chica, si supieras lo que me pasó el otro día en la oficina… Trabajo de secretaria en un bufete enorme, lleno de papeles y jefes estirados. Pero con Carlos, mi compañero del departamento contable, siempre ha habido esa chispa. Eh… no sé, sus ojos oscuros, esa forma de morderse el labio cuando me ve pasar con la falda ajustada. Ese día, estaba archivado facturas en la sala de atrás, esa con los archivadores altos que tapan todo. Él entra, dice que busca un expediente viejo. ‘¿Necesitas ayuda?’, le pregunto, y noto cómo su mirada baja a mis tetas, apretadas en la blusa blanca. El aire se pone denso, como si oliese a sexo ya. Me acerco, rozando su brazo con el mío. ‘Aquí está’, susurro, y él se pega más, su aliento caliente en mi cuello. Siento su polla endureciéndose contra mi culo cuando me estiro para una carpeta alta. ‘Joder, María, me vuelves loco’, murmura. Yo sonrío, el corazón latiéndome fuerte. Sabemos que la puerta está entreabierta, cualquiera puede entrar. Pero eso me excita más. Le cojo la mano, la meto bajo mi falda. ‘Tócame, pero despacio’, le digo. Sus dedos encuentran mi tanga húmeda, ya empapada. Frota mi clítoris, despacio, y yo gimo bajito, mordiéndome el labio. Miradas cruzadas, intensas, como si nos estuviéramos follando con los ojos. El espacio se cierra, solo nosotros dos entre sombras de papeles. Su boca roza la mía, un beso rápido, salvaje. ‘No pares’, jadeo. La adrenalina me sube por la piel, pensando en la secretaria de al lado o el jefe en su despacho.

Leave a Comment