Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó ayer en la oficina. Estaba yo allí, currando como una loca con los expedientes, sudando la gota gorda porque el aire acondicionado fallaba y hacía un calor de cojones. Alba, mi compañera esa rubia con curvas que me pone a mil, se sentó al lado para revisar un dossier. Nuestras rodillas se rozaron… uf, ese roce eléctrico. La miré de reojo, ella sonrió con esa boca carnosa, y noté cómo sus pechos subían y bajaban bajo la blusa blanca, semitransparente por el sudor.
‘¿Todo bien?’, me dijo bajito, con voz ronca. ‘Sí… eh, sí, pero este calor…’, respondí, sintiendo que mi coño empezaba a humedecerse. Sus ojos bajaron a mis tetas, apretadas en el sujetador de encaje. Me mordí el labio, el corazón me latía fuerte. El despacho estaba medio vacío, viernes por la tarde, pero el riesgo… dios, esa adrenalina me flipa. ‘Ven, mira esto’, le dije, inclinándome para que viera el papel, pero rozando mi brazo contra su teta. Ella no se apartó. Al contrario, su mano se posó en mi muslo, subiendo despacito por el pantalón ajustado.
La tensión sube entre papeles y miradas
El espacio se volvió nuestro. Cerré la puerta con pestillo, ‘por si viene alguien’, susurré. Nos quedamos solas, el aire cargado de olor a sudor y perfume barato. Sus dedos apretaron mi nalga, ‘Me muero por ti desde la reunión de ayer’, confesó, jadeando ya. Yo le agarré la nuca, la besé con lengua, saboreando su saliva dulce. Sus manos me desabrocharon la blusa, liberando mis tetas duras, pezones erectos como piedras. Los pellizcó, ‘Qué tetazas, puta’, gimió. Mi coño chorreaba, empapando las bragas.
La tumbé sobre la mesa, entre papeles volando. Le arranqué la falda, vi su coño depilado, labios hinchados y mojados brillando. ‘Lámeme, por favor’, suplicó. Me arrodillé, olía a hembra en celo, ese aroma salado que me enloquece. Saqué la lengua, lamí su clítoris hinchado, chupándolo fuerte. ‘¡Joder, sí! ¡Más!’, gritó bajito, agarrándome el pelo. Metí dos dedos en su chocho resbaladizo, follándola rápido, sintiendo las paredes contraerse. Ella se corcova, ‘Me corro… ahhh’. Chorros de jugo me salpicaron la cara.
El sexo brutal sin filtro en el despacho
Cambié, ella me bajó los pantalones de un tirón. ‘Tu culo es mío’, dijo, metiendo la cara entre mis nalgas. Lamía mi ano, lengua caliente y húmeda entrando, mientras sus dedos frotaban mi clítoris. ‘¡Fóllame el culo!’, gemí. Introdujo un dedo, luego dos, estirándome mientras chupaba mi coño. Sentía el orgasmo subir, oleadas brutales. ‘¡Voy a mear de placer!’, grité ahogada. Exploté, squirteando en su boca, ella lo bebió todo, lamiendo cada gota. Nuestros cuerpos temblaban, sudorosos, pegajosos.
Pasados unos minutos, jadeando, nos miramos riendo nerviosas. ‘Joder, qué pasada’, dijo ella limpiándose la boca. Nos vestimos a toda prisa, arreglando el pelo, el maquillaje corrido. Oímos pasos fuera, el jefe pasando. Abrí la puerta como si nada, volviendo a los expedientes. ‘¿Seguimos?’, pregunté profesional. Ella asintió, guiñando ojo. Toda la tarde currando, con el coño palpitando aún, bragas empapadas. Esa adrenalina de casi ser pilladas… me pone cachonda solo de recordarlo. ¿Quién dijo que la oficina es aburrida?