Mi polvo salvaje en la oficina: el riesgo de ser pillada me pone a mil

Hoy… uf, acabo de salir del curro y aún me tiemblan las piernas. Trabajo en una oficina cutre de abogados en el centro, papeleo sin parar, pero con Pablo, mi jefe… ay, ese tío me tiene loca. Es viudo, serio por fuera, pero sus ojos… Dios, cómo me miran. Llevamos semanas así, roces ‘accidentales’ al pasar carpetas, sonrisas que duran demasiado. Hoy fue el día que explotó todo.

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Estábamos solos en su despacho revisando unos expedientes gordos. La puerta entreabierta, el aire acondicionado zumbando, olor a café rancio y tinta de impresora. Yo inclinada sobre la mesa, mi falda lápiz subiendo un poco por los muslos. Él detrás, tan cerca que sentía su aliento en mi cuello. ‘Emi, pasa esta página…’, murmuró, su voz ronca. Le miré por encima del hombro, nuestros ojos chocaron. Un segundo eterno. Su mano rozó mi cadera, ‘disculpa’, dijo, pero no se apartó. El corazón me latía fuerte, el pulso en las sienes. ‘Pablo, ¿seguro que cerramos la puerta?’, susurré, mordiéndome el labio. Él sonrió torcido, dio un paso atrás… y la cerró con llave. Clic. El espacio se volvió nuestro. Privado. Peligroso.

La tensión sube entre los expedientes

Ya no había vuelta atrás. Me giré, le empujé contra la mesa. Sus manos en mi culo, apretando fuerte. ‘Joder, Emi, no aguanto más’, gruñó, besándome como un lobo. Lenguas enredadas, saliva, dientes. Le desabroché la camisa, vi su pecho peludo, duro. Bajé la cremallera de sus pantalones, saqué su polla tiesa, gruesa, venosa. ‘Mira lo que me haces’, jadeó él. Yo de rodillas ya, sin pensarlo. La lamí desde la base, saliva chorreando, hasta meterla entera en la boca. Glup, glup, succionando fuerte, sus gemidos ahogados. ‘Para, o me corro ya’, dijo, tirando de mi pelo.

El clímax brutal y sin frenos

Me levantó, me sentó en la mesa. Papeles volando al suelo. Arrancó mi blusa, sujetador al medio. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Me bajó las bragas de un tirón, mojadas ya, mi coño palpitando. ‘Estás empapada, puta’, murmuró, metiendo dos dedos dentro. Entraban fáciles, chapoteando. Gemí bajito, mordiéndome el puño para no gritar. ‘Fóllame ya, Pablo, no pares’. Se colocó entre mis piernas, la punta de su verga rozando mi clítoris. Empujó de golpe, hasta el fondo. ‘¡Ahhh! Joder, qué prieta estás’, rugió. Embestidas brutales, la mesa crujiendo, mi culo rebotando contra la madera. Clavó las uñas en mis caderas, me follaba como un animal. Yo enredé las piernas en su cintura, clavándole los tacones. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme el coño’. Sudor goteando, olor a sexo puro, polla hinchada estirándome, mis jugos chorreando por sus huevos. Le mordí el hombro, él me pellizcó los pezones. ‘Me vengo, Emi…’, avisó. ‘Dentro, lléname’, supliqué. Se corrió a chorros, caliente, profundo. Yo exploté detrás, contrayéndome alrededor de su polla, temblores por todo el cuerpo. Agotados, jadeando.

Un minuto después… silencio. Miradas culpables. ‘Joder, qué locura’, dijo él, besándome suave. Nos vestimos rápido, alisando ropa, recogiendo papeles revueltos. Limpié una mancha de mi falda con un kleenex. ‘Como si nada’, reí nerviosa. Abrió la puerta, aire fresco entró. Volvimos a las mesas, yo tecleando como una loca, él contestando llamadas. Nadie notó nada, pero yo… sentía su semen resbalando aún. La adrenalina, uf, me pone cachonda solo de recordarlo. Mañana… ¿repetimos?

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