Mi polvo salvaje con el jefe en la oficina: adicción al riesgo

Estaba yo en la oficina, ya pasadas las ocho de la noche. Todos se habían ido, solo quedábamos el jefe y yo, revisando unos putos expedientes para la reunión de mañana. Él, un tío de unos cuarenta, con esa mirada que siempre me ponía nerviosa. Pelo canoso, camisa ajustada marcando pecho… Mmm. Yo sentada frente a él, cruzando las piernas, sintiendo cómo mi coño empezaba a humedecerse solo con su voz grave.

—Oye, María, pasa esa carpeta de la derecha —me dice, y su mano roza la mía. Un roce tonto, pero joder, electricidad. Levanto la vista, nos miramos. Sus ojos bajan a mis tetas, apretadas en esta blusa blanca. Yo sonrío, coqueta. —Sí, jefe… aquí tienes. —Le acerco el papel, inclinándome un poco para que vea el escote.

La tensión sube entre expedientes y miradas

El aire se pone denso. Silencio roto solo por el tic-tac del reloj y el zumbido del aire acondicionado. Él se levanta, va a la puerta. La cierra. Clic. Y echa el pestillo. Mi corazón late fuerte. —¿Qué pasa, jefe? ¿Nos pillan? —digo riendo bajito, pero con la voz temblorosa. Se acerca, se apoya en el escritorio. —No quiero interrupciones, María. Tú y yo… tenemos que… revisar esto a fondo.

Su mano en mi rodilla. Sube despacio por el muslo, bajo la falda. Yo abro las piernas un poco, jadeando. Huele a café viejo y a su colonia fuerte. Mis pezones se endurecen contra el sujetador. —Jefe… esto es… riesgoso. Si entra alguien… —Pero no paro su mano. Al revés, la guío más arriba. Toca mi tanga, ya empapada. —Estás chorreando, puta —murmura, y me besa el cuello. Mordisquea. Yo gimo suave, arqueo la espalda.

Me pone de pie, me gira contra el escritorio. Papeles vuelan al suelo. Desabrocha mi blusa con dedos ansiosos. —Quítate esto —ordena, tirando del sujetador. Mis tetas saltan libres, grandes y firmes. Él las agarra, pellizca los pezones duros. —Joder, qué tetas tan ricas. Chúpamelas. —Yo obedezco, me agacho y le bajo la cremallera. Su polla sale dura como piedra, gruesa, venosa. La huelo, a macho sudado. La meto en la boca, chupando fuerte, lamiendo el glande. Él gime, me agarra el pelo. —Así, cabrona, trágatela toda.

El polvo brutal y sin filtros en el escritorio

Me levanta la falda, arranca el tanga de un tirón. Mi coño peludo y mojado al aire. —Mira cómo te has puesto de puta —dice, metiendo dos dedos dentro. Chapotea. Yo gimo con la boca llena de polla. Me folla la boca profundo, hasta la garganta. Lágrimas en los ojos, pero me encanta. Luego me sube al escritorio, piernas abiertas. Su polla roza mi clítoris hinchado. —Fóllame ya, joder, métemela —suplico, clavando uñas en su espalda.

Empuja fuerte. Su polla entra de golpe, rellenándome el coño hasta el fondo. —¡Ahhh! Sí, así… —grito bajito, mordiéndome el labio. Él bombea salvaje, piel contra piel, sudor goteando. El escritorio cruje. Mis tetas rebotan con cada embestida. —Tu coño aprieta como una virgen, puta de oficina —gruñe, acelerando. Yo me corro primero, espasmos, chorros de jugo por sus huevos. Él no para, me da la vuelta, a cuatro patas. Me azota el culo rojo. —Toma, por zorra. —Mete polla en mi ano sin piedad, lubricado solo con mi flujo. Duele rico, quema. Lo follo hacia atrás, pidiendo más.

Me llena el culo de leche caliente, gemidos ahogados. Yo tiemblo, otro orgasmo brutal. Sale, polla chorreando. Yo jadeo, coño y culo palpitando, semen goteando por muslos.

Nos miramos, sudados, sonriendo culpables. Él coge un pañuelo, me limpia rápido. —Vístete, María. Hay que acabar estos expedientes. —Yo me bajo la falda, abrocho blusa con manos temblorosas. Recogemos papeles del suelo. Nos sentamos como si nada. —Vale, jefe… ¿seguimos con el presupuesto? —digo, voz normalita, aunque mi coño aún palpita. Él asiente, profesional. Nadie nota nada al día siguiente. Pero yo… ya quiero repetir. Esa adrenalina… adictiva.

Leave a Comment