Mi polvo salvaje en la oficina con el nuevo negro

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Trabajo en una oficina de contabilidad, ya sabéis, papeles por todos lados, aire acondicionado que no enfría lo suficiente y ese jefe que siempre anda de viaje. El otro día llegó el nuevo, un negro enorme, se llama José, pero todos lo llamamos el Toro. Alto, músculos que se marcan bajo la camisa, y… bueno, ya os contaré. Desde el primer momento, las miradas. Él en su mesa, yo en la mía, separadas por un tabique bajo. Yo le pillaba echándome ojos, bajando despacio por mi escote, y yo… joder, no podía evitar mirar su paquete, que se adivinaba gordo incluso sentado.

Estábamos solos esa tarde, el resto se había pirado temprano por un puente. ‘¿Necesitas ayuda con los dossiers?’, me dijo con esa voz grave, acento africano que me pone. ‘Ven, siéntate aquí’, le contesté, señalando mi silla al lado. Empezamos a revisar facturas, pero sus brazos rozaban los míos, el calor de su piel… Uf, olía a hombre, a sudor limpio mezclado con colonia barata. ‘Mira esta’, le dije pasándole un papel, y nuestros dedos se tocaron. Se quedó quieto, yo también. El aire se cargó, eh… como electricidad. ‘Estás sudando’, murmuró él, y sin pedir permiso, me apartó un mechón de pelo de la cara. Mi corazón latía fuerte, la puerta del despacho principal estaba entreabierta, pero nadie venía. ‘Cierra eso’, le pedí bajito, mordiéndome el labio.

La tensión subiendo entre papeles y miradas

Entramos al despacho del jefe, el espacio privado perfecto. Cerró la puerta con llave, clic. Ya no había vuelta atrás. Me empotró contra la mesa, sus manos grandes en mi culo, apretando fuerte. ‘Joder, qué tetas tienes’, gruñó mientras me bajaba la blusa de un tirón. Mis pezones duros como piedras, él los chupó voraz, mordiendo suave. Yo le desabroché el pantalón, y… Dios, esa polla. Gorda, venosa, negra brillante, midía fácil 25 cm, colgando hasta medio muslo. ‘Mámala toda’, jadeé, arrodillándome. La metí en la boca, apenas cabía, saliva chorreando por la barbilla. Él gemía bajito, ‘sí, puta buena’, agarrándome el pelo. La mamé profunda, garganta hasta el fondo, tosiendo pero sin parar, sabor salado, fuerte.

El polvo brutal y la vuelta al curro

No aguanté más. Me puse de pie, me quité la falda y las bragas de un tirón. ‘Fóllame ya’, le supliqué, abriendo las piernas sobre la mesa. Me escupió en la concha, frotó la cabezota enorme en mi clítoris, hinchado y mojado perdido. Entró de golpe, rompiéndome, ‘¡Aaaah!’, grité, dolor-placer brutal. Me llenaba entera, coño estirado al límite, jugos chorreando por mis muslos. Me taladraba fuerte, mesa crujiendo, papeles volando. ‘Más duro, cabrón’, le pedí, uñas en su espalda. Cambiamos, me puso a cuatro patas, polla resbalando en mi culo ahora. ‘¿Quieres por detrás?’, ‘Sí, rómpeme el ojete’. Entró lento, lubricado con mi coño, luego embestidas salvajes. Sentía sus huevos peludos golpeándome el clítoris, orgasmo tras orgasmo, ‘¡Me corro, joder!’, chillé mordiendo mi puño para no gritar alto. Él rugió, ‘Toma mi leche’, y me inundó el culo de semen caliente, chorros interminables, goteando fuera.

Sudados, jadeando, nos miramos riendo nerviosos. ‘Hostia, qué pasada’, dijo él limpiándose la polla con mi blusa. Yo me limpié con toallitas del baño, olor a sexo por todas partes, pero abrí la ventana. Nos vestimos rápido, él se subió el pantalón, yo me arreglé el pelo. ‘Vuelve a tu mesa, como si nada’, le susurré. Salimos, cerramos la puerta. Minutos después, ‘¿Terminamos los dossiers?’, pregunté normalita, fingiendo bostezo. Nadie notó nada, pero toda la tarde, sonrisas pícaras, y mi coño palpitando aún. Mañana repetimos, ¿eh? La adrenalina de casi ser pillados… adictiva.

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