Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Fue el viernes pasado, en la oficina, ya tarde, con el edificio casi vacío. Yo, Marta, la secretaria que todos miran de reojo por mis faldas cortas y mis tetas que se marcan bajo la blusa. Ese día, tres compañeros: el viejo barbudo de contabilidad, Melchior, con su mirada lasciva; el jovencito imberbe de marketing, Gaspar, todo nervioso y rojo; y Balthazar, el negro grandote de logística, con barba espesa y músculos que se notan bajo la camisa.
Estábamos revisando expedientes en la sala de archivos, un cuartucho estrecho lleno de estanterías polvorientas, olor a papel viejo y humedad. ‘Joder, Melchior, ¿dónde coño está el puto dossier de los impuestos?’, gruñí yo, agachándome para buscar en los cajones bajos. Sentía sus ojos clavados en mi culo, la falda subiéndose un poco. Él carraspeó, ‘Eh… aquí no, Marta, déjame ayudar’. Se acercó demasiado, su aliento caliente en mi cuello, mano rozando mi muslo ‘por accidente’.
La tensión sube entre los expedientes y las miradas
Gaspar, el chaval, balbuceaba: ‘Yo… yo miro arriba’. Subió una escalera, pero tropezó, cayendo contra mí. Sus manos en mis tetas, su polla ya dura contra mi cadera. ‘Perdón, Marta, es que… uf’. Reí bajito, girándome: ‘Tranquilo, chiquillo, no pasa nada… ¿o sí?’. Balthazar, en la puerta, observaba con sonrisa pícara: ‘Esto se pone interesante, ¿no?’. El espacio se cerró, la puerta mal cerrada, solo el zumbido del aire acondicionado. Miradas cruzadas, sudor perlando frentes. Mi coño ya húmedo, palpitando. ‘¿Queréis jugar?’, susurré, mordiéndome el labio.
La tensión explotó. Melchior me empujó contra la pared, besándome con barba pinchando, lengua invasora. ‘Eres una puta, Marta, lo sabía’. Le desabroché el pantalón, saqué su verga gorda, venosa, oliendo a hombre. Gaspar jadeaba: ‘Joder… ¿puedo?’. Le metí mano, su polla joven, tiesa como piedra, fina pero larga. Balthazar se unió, enorme polla negra saliendo, gruesa, palpitante. ‘A cuatro patas, zorra’, ordenó él.
El polvo bestial sin frenos ni piedad
Me puse a gatas sobre cajas de papeles, falda arremangada, tanga a un lado. Melchior primero: embestida brutal, su polla abriéndome el coño chorreante. ‘¡Ahhh, sí, fóllame fuerte, viejo cabrón!’. Golpes secos, huevos chocando, mi clítoris frotando contra sus pelotas. Sudor goteando, olor a sexo invadiendo el aire. Gaspar en mi boca: ‘Chupa, puta, trágatela toda’. La mamé profunda, saliva chorreando, arcadas placenteras, su punta golpeando garganta.
Cambiaron. Balthazar me montó como bestia: su polla monstruosa estirándome al límite, dolor-placer quemando. ‘¡Dios, qué coño apretado, te parto en dos!’. Me follaba salvaje, manos en caderas magullando, tetas botando. Grité: ‘¡Más, negro, destrózame el chocho!’. Melchior y Gaspar se turnaban en mi boca y culo: dedo primero, luego polla de Gaspar en mi ojete virgen. ‘¡Ayyy, despacio… no, joder, métela toda!’. Doble penetración: Balthazar en coño, Gaspar en culo, Melchior en boca. Gemidos ahogados, cuerpos sudados chocando, fluidos por todas partes. Corrí tres veces, chorros empapando papeles, piernas temblando. Ellos eyacularon: leche caliente en cara, tetas, dentro. ‘¡Toma, puta de oficina!’.
Al final, jadeantes, olor a semen y sudor. ‘Venga, rápido, limpiad’, dije riendo, limpiándome con kleenex. Nos vestimos a toda prisa, expedientes revueltos como si nada. ‘Nadie ha oído nada, ¿eh?’, guiñó Gaspar. Salimos fingiendo normalidad: ‘Buenas noches, equipo’. Mañana, en la máquina de café, miradas cómplices, pero currando como si tal cosa. La adrenalina… uf, aún me mojo recordándolo. ¿Repetimos?