Mi polvo salvaje con el jefe en la oficina: adrenalina pura

Trabajo en una oficina grande, de esas con despachos cerrados y aire acondicionado que zumba todo el día. Soy María, 35 años, curvas que no pasan desapercibidas y una adicción a lo prohibido. Me encanta esa adrenalina de follar donde no debo, sobre todo en el curro. Ese viernes… uf, acababa tarde. Mi jefe, Carlos, el director, 45 tacos, cuerpo atlético, ojos que te desnudan. Estábamos solos revisando expedientes. La puerta entreabierta, el resto de la oficina vacío.

—María, acércate, mira este informe —me dice, su voz grave, mientras se recuesta en la silla. Me pongo a su lado, rozando su brazo. Huele a colonia cara, mezclado con sudor del día. Siento su mirada bajando por mi blusa, mis tetas apretadas contra el sujetador. Yo… no me aparto. Alargo el brazo para señalar algo en el papel, y mi culo roza su muslo. Él carraspea, pero no se mueve. El silencio pesa, solo el tic-tac del reloj.

La tensión sube entre papeles y miradas calientes

Miro de reojo: su polla se marca en los pantalones. Sonrío, coqueta. —Jefe, ¿estás cómodo? —le pregunto, voz baja, juguetona. Se ríe nervioso. —Con esta vista, sí. —Sus manos suben por mi falda, despacio. Yo jadeo, el corazón latiendo fuerte. Cierro la puerta con llave, clic que suena como un disparo. Ahora es privado. Nos miramos, el aire cargado. Me subo a su regazo, falda arremangada, bragas húmedas contra su bragueta dura. Nos besamos, salvajes, lenguas enredadas, saliva caliente.

Ya no hay vuelta atrás. Le bajo la cremallera, saco su polla gruesa, venosa, palpitante. Dios, qué pedazo de verga. La acaricio, dura como piedra. Él me quita la blusa, manosea mis tetas grandes, pezones duros. —Fóllame, Carlos, aquí mismo —le susurro al oído, mordiéndole el lóbulo. Me pone de pie, me baja las bragas de un tirón. Mi coño chorreando, depilado, listo. Me dobla sobre el escritorio, papeles volando. Siento su glande empujando mis labios húmedos. Entra de golpe, ¡ahhh! Llenándome hasta el fondo. Grito bajito, el placer quema.

El momento del polvo crudo e intenso

Me taladra fuerte, sin piedad. Cada embestida hace que la mesa tiemble, plaf-plaf contra mi culo. —¡Qué coño tan apretado, puta! —gruñe, agarrándome las caderas. Yo empujo hacia atrás, follándome su polla. Sudor goteando, olor a sexo puro. Cambiamos: me sube al diván del despacho, piernas abiertas. Me come el coño, lengua hurgando mi clítoris hinchado, chupando mis jugos. —Sabe a miel, joder —dice, con la boca llena. Yo tiro de su pelo, corriéndome en su cara, temblores por todo el cuerpo.

Ahora yo arriba. Me monto, su polla resbalando dentro. Cabalgo como loca, tetas botando, uñas en su pecho. Él pellizca mis pezones, me azota el culo. —¡Más fuerte, cabrón! —chillo, perdida. Siento su polla hincharse, mis paredes apretándola. Él se corre primero, chorros calientes dentro, sin condón, riesgo total. Yo exploto después, coño convulsionando, squirteando un poco. Agotados, jadeos entrecortados.

Minutos después, nos vestimos rápido. Él se pasa la mano por el pelo, yo me arreglo el maquillaje en el espejo del baño. —Vuelve a tu mesa, como si nada —me dice, guiñando. Salgo, piernas flojas, coño palpitando aún. Mañana, reunión normal, sonrisas inocentes. Pero sé que repetiremos. Esa adrenalina… adictiva.

Leave a Comment