Mi follada prohibida en la oficina con Cristina y Javier

Uf, acabo de salir del curro y aún me tiemblan las piernas. Trabajo en una oficina cutre del centro, papeleo hasta las tantas con Cristina, esa morenita menuda que me pone a mil. No es por su cuerpo, eh, es esa vibe misteriosa, como si escondiera un fuego dentro. Sabemos las dos que no hay tíos en su vida, pero nunca hablamos claro. Hoy era viernes, quedamos solas rematando informes. Ella con su falda corta, cruzada de piernas en la silla de al lado. Cada vez que se movía, se me veían los muslos suaves, blancos. Yo no disimulaba, la miraba fijo, y ella… se mordía el labio, bajaba la mano para taparse, pero con una sonrisa pícara.

—Mmm, qué faldita más rica, Cristina. ¿Para provocarme? —le suelto, guiñando un ojo.

La tensión sube entre los expedientes

Ella se ríe bajito, roja como un tomate. —¡Calla, Laura! Que nos pillan… —Pero abre un poco más las piernas, el aire se carga de electricidad. Hablamos de tías sexys, de cómo nos gustan las miraditas en el metro. Yo fantaseo con tocarla, pero joder, el curro… no quiero joderlo todo. Entonces entra Javier, mi compañero de pupitre, el que siempre me calienta con sus bromas. Es guapo, con esa barba de tres días, y sé que le molamos las dos. “¿Qué, chicas, os ayudo con los dossiers?” dice, sentándose entre nosotras. Sus rodillas rozan las mías, y el roce con las de ella… uf, la habitación se hace pequeña.

Los tres pegados, pasando papeles, pero los ojos se clavan en cuellos sudados, en blusas que se abren un botón. “Hace calor aquí, ¿no?” murmura Javier, quitándose la corbata. Cristina suspira, se abanica con una carpeta. Yo siento mi coño humedeciéndose ya. La puerta de la sala de reuniones está entreabierta, pero nadie por los pasillos. “Cerrémosla, que concentremos”, digo yo, y clic. Espacio privado. Nuestras manos se rozan ‘sin querer’, risitas nerviosas. Javier pone una mano en mi rodilla, sube despacio. Cristina lo mira, no se aparta.

Ahora viene lo gordo. Javier me besa el cuello, mordisquea. —Joder, Laura, siempre os miro… —Yo gimo bajito, mi mano ya en su paquete, duro como una piedra. Cristina duda un segundo, pero se lanza: besa a Javier en la boca, lenguas revueltas. Yo le subo la falda, toco su tanga empapada. “¡Dios, estás chorreando!” le digo, metiendo dedos por el elástico. Su coñito rasurado, labios hinchados, jugos calientes. Ella jadea: —Sí… tócalo más…

El polvo brutal sin frenos

Le arranco la blusa, tetas pequeñas pero firmes, pezones duros como caramelos. Javier las chupa, slurp slurp, mientras yo le bajo los pantalones. Su polla sale tiesa, gorda, venosa. La agarro, masturbo fuerte. Cristina se arrodilla, la mete en la boca: glug glug, saliva por todas partes, bolas en la mano. Yo me quito la falda, me siento en la mesa, piernas abiertas. “Ven, lame mi coño, cabrona”. Ella obedece, lengua en mi clítoris, chupando como loca. Javier me folla la boca, polla hasta la garganta, arcadas ricas.

Cambio: Javier la pone a cuatro patas sobre los dossiers. Le parte el coño de un empellón, plaf plaf, huevos contra su culo. Ella grita: —¡Más fuerte, joder! ¡Fóllame! Yo me pongo debajo, lamo sus tetas, luego su clítoris mientras él la taladra. Mi coño palpita, meto dedos en mi ano para el subidón. Javier gime: —Voy a correrme… —No, aún no. La saca, me tumba a mí. Polla empapada de ella entra en mi coño estrecho, me revienta. Cristina me besa, dedos en mi culo. Orgasmos en cadena: ella primero, contrayéndose, chorros en mi cara. Yo exploto, uñas en su espalda. Javier se corre dentro de mí, leche caliente llenándome.

Sudados, jadeantes. Miramos el reloj: media hora. Nos vestimos a toda hostia, risas nerviosas. “Como si nada”, dice Javier, limpiando la mesa con kleenex. Cristina se arregla el pelo, yo el maquillaje corrido. Salimos, volvemos a nuestros puestos. Mañana informes normales, pero con guiños, sonrisas sucias. El jefe pasa, ni se entera. Adrenalina pura, quiero más.

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