Empujo la puerta pesada del edificio antiguo, cruzo el patio y subo en ese ascensor viejo que cruje. Tecleo el código y entro en el piso de arriba, nuestro despacho reconvertido en un ático amplio. Huele a cera y papeles ordenados. Voy a mi mesa, enciendo el ordenador y los tres monitores. Cuelgo mi abrigo, bufanda… como siempre.
Miro hacia el despacho de Elena, mi compañera. Llega antes, sobre las seis y media. Asomo la cabeza. Está mordiendo el boli, pegada a sus pantallas. Es guapísima, treinta y pico, siempre alegre. Me contrató ella hace un año, me enseñó todo. ‘¡Buenos días, Elena! ¿Qué tal?’, digo acercándome para besarla.
La tensión sube entre los expedientes y las miradas
‘¡Ana, hola! Bien, ¿y tú?’ Su voz suave me eriza la piel. Charlamos del frío, de su chalet en las afueras, mi pisito cutre en el centro. ‘Voy a saludar al jefe’, digo. ‘No viene, gripe’, suelta riendo. Nuestro patrón es un máquina, pero hoy solos nosotras. Reímos. ‘Café?’, pregunta. ‘Sí, claro’.
La sigo a la cocina. Sus tacones y los míos repiquetean. Ella hace el café, yo unto tostadas. Desayunamos charlando del finde. Me fijo en su maquillaje: ojos ahumados, labios rojos perfectos. Me muero por copiarlo. Desde hace meses la miro diferente. Quiero lamerla entera, pero… ¿ella? Parece hetero. He tanteado, nada.
Vuelvo a mi mesa rosa con fotos de gatos. ‘Te paso el expediente López’, grita. ‘Vale’. Ya no la necesito tanto. Echo de menos sus explicaciones, inclinada sobre mí, su aliento en mi cuello, su perfume. A veces rozaba mi melena contra su cara. Una vez, le toqué el hombro, apreté mi teta contra ella. Suspiro.
Suena el timbre. Corre ella: ‘¡Para mí!’. Vuelve con una caja grande, lazo rojo. ¿Sale esta noche? Mediodía, llama a mi puerta. ‘¿Comemos fuera? Te invito al japonés’. Sorprendida, me pone el abrigo, me anuda la bufanda. Caminamos del brazo hasta el restaurante. Sus pantorrillas rozan mi pierna bajo la mesa. Risas, sake… Vuelvo pomposa.
Me tumbo en el sofá del salón. ‘Tres minutos…’, murmullo. Despierto envuelta en su abrigo, su olor me invade. Está leyendo, piernas cruzadas, liga asomando. Me pilla mirándola. ‘¡La bella durmiente! Pensé en despertarte con un beso’, dice bajito. Me sonrojo. Son las tres y media. Me da flores y la caja: lencería de lujo, roja, encaje.
El polvo brutal: lenguas, dedos y orgasmos sin filtro
Me lanzo a abrazarla. Sus dedos bajan por mi espalda. ‘Pruébatela’, susurra. Corro a mi despacho, me quito todo. Balconette, tanga, ligueros. Me encanta cómo me queda. Salgo, luces tenues. Bailamos. Me gira, me inclina… Sus labios a centímetros. Cierro ojos. Nos besamos. Profundo, lenguas.
‘Quiero follarte aquí, ahora. Si sí, asiente’, dice ardiente. Asiento. Me besa el cuello, mordisquea labios. Nos caemos en el sofá. Pulsa un botón: ¡se abre en cama! ‘La preparé esta mañana’. Nos desnudamos riendo, forcejeando. Ella gana, me domina a horcajadas.
Sus tetas grandes en su sujetador. Me besa por todas partes: frente, cuello, pezones. Me quita la tanga despacio, sopla mi coño. Gimo. Me lame las piernas, pies… Vuelve, roza mi clítoris con dedos. En cucharita, me susurra: ‘Me flipa tu cuerpo flaco, tu coño depilado, tu olor’. Sus dedos entran, masajean mi punto G. Me corro gritando, temblando.
‘Mi turno’, digo. Cojo crema de mi bolso. La ato flojo con el lazo. La masajeo: espalda, culo redondo… Gime. La vuelvo, masajeo tetas. Sus pezones duros como piedras. Bajo, lamo su coño húmedo. Sabe a miel. Meto dedos, chupo clítoris hinchado. Se arquea, grita ‘¡Sí, joder!’, aprieta mi cabeza. Se corre fuerte, chorros en mi boca.
Nos abrazamos sudadas. ‘Estoy loca por ti desde el día uno’, confiesa. ‘Bisexual, pero te quería solo para mí’. Nos besamos lento. ‘Venga, a currar’, dice riendo. Guardamos la cama, vestimos. Regreso a mi mesa oliendo a sexo. Ella guiña ojo. ‘Expediente López’. Como si nada, pero mi coño palpita aún.