Hola, soy Marta, tengo 58 años y trabajo de secretaria en una oficina grande de Barcelona. Mi marido lleva dos años con problemas de próstata, cero sexo, un desierto total. Llevamos 40 años juntos, solo él… hasta hace unos meses.
Llegó Pablo, el nuevo informático, 28 años, alto, músculos que se marcan bajo la camisa. Desde el primer día, me comía con los ojos mientras clasificaba dossiers en la sala común. Yo, con mis curvas de madura, tetas grandes, culo generoso… no soy fea, pero las años pesan. Él no paraba de mirarme las tetas cuando pensaba que no veía.
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
Empezamos a charlar. ‘¿Todo bien con esos papeles, Marta?’, me decía sonriendo. Yo bromeaba: ‘Podría ser tu madre, chaval’. Pero sus ojos decían otra cosa. Un día, con el calor del verano, me puse una blusa escotada. ‘Joder, qué buena estás hoy’, soltó bajito. Sentí un cosquilleo… hacía tanto que no.
La tensión subía. Entre reuniones, pasillos, roces ‘accidentales’ al pasar dossiers. Él se acercaba demasiado, su olor a hombre joven me volvía loca. El viernes, tarde, dije: ‘Voy al baño de minusválidos a refrescarme, hace un bochorno’. Ese baño es grande, privado, con ducha para emergencias. Él sonrió: ‘Apuesto a que te masajeo el cuello bajo el agua’. Reí: ‘Hecho, pero no te atrevas’.
Entro, cierro mal la puerta. Agua tibia cayendo… de repente, entra él. ‘Siempre cumplo mis apuestas’, dice con esa sonrisa pícara. Corazón a mil, ¿y si nos pillan? Pero el morbo me gana. Me dejo el sujetador y braguita puestos, me giro. Sus manos grandes, jabonosas, en mis hombros. ‘Qué bien… sigue’, murmuro cerrando ojos. Deslizan por nuca, espalda, caderas. Placer puro, hacía años.
El polvo brutal y el regreso fingiendo normalidad
De pronto, algo duro roza mi culo. Me vuelvo… ¡está desnudo! Polla enorme, tiesa, venosa, apuntando a mis tetas. ‘Eso me pones tú, Marta’, dice natural. Grito suave: ‘¡Pablo!’. Pero mis pezones duros lo delatan. Me coge la mano, la pone en su verga palpitante. ‘Ahora sácame, ¿no?’. Temblando, la agarro… gruesa, caliente.
No digo nada, excitada perdida. Él sigue masajeando, baja a tetas. Desabrocha sujetador, caen libres. Boca en pezones, chupando fuerte. ‘Ahh… joder’, gimo. Le meneo la polla, dura como piedra. ‘Me voy a correr ya’, dice. Me gira: ‘Apóyate en la repisa’. Baja mi braga a medias. Coño empapado, lo nota. ‘Y tan mojada…’. Empuja despacio. ‘Suave, por favor… es grande’. Entra fácil, llena todo. Dos embestidas y está dentro al fondo.
Me agarra caderas, folla rápido. Tetazas botando, slap-slap contra su pelvis. ‘¡Cállate, nos oyen!’, susurro, mordiéndome labio. Pero gimo bajito, adrenalina máxima. Sus huevos chocan mi clítoris, polla rozando punto G. ‘Qué coño tan apretado…’. Me lima duro, minutos eternos. Siento venirlo: ‘Me corro… ¡toma!’. Chorros calientes inundan mi útero, gruñe en mi oreja. Yo exploto, piernas temblando, orgasmo brutal.
Jadeamos. Agua nos limpia. ‘Vístete rápido’, dice riendo nervioso. Salimos por separado. Yo arreglo pelo, labios hinchados, coño goteando semen. Vuelvo al escritorio, él a su puesto. ‘¿Café?’, pregunto casual. ‘Sí, gracias’, responde guiñando. Como si nada, pero mi tanga mojada me recuerda todo. Mañana, más dossiers… y quizás más riesgo.