Me llamo Sonia, tengo 45 años y trabajo en una oficina de abogados en Madrid. Bueno, eh… soy secretaria ejecutiva, pero con los jefes siempre ando liada en reuniones y papeleo. Carlos es mi compañero de al lado, casado como yo, pero desde hace meses nos lanzamos miraditas que queman. Hoy… uf, hoy ha sido el día que todo saltó por los aires.
Estábamos revisando unos expedientes gordos en la sala de reuniones pequeña, solos porque los demás estaban en almuerzo. Él se acerca mucho, su rodilla roza la mía bajo la mesa. ‘Sonia, este caso está jodido, ¿no?’, dice con esa voz ronca, y sus ojos bajan a mi escote. Llevo una blusa ajustada, falda lápiz que se sube un poco. Siento el calor subiendo, mi coño ya palpita. ‘Sí, Carlos, muy jodido… como yo ahora’, le suelto medio en broma, pero con la voz temblorosa. Él sonríe, pone su mano en mi muslo. ‘¿Quieres que te ayude a desatascarlo?’. Dios, el corazón me late fuerte, miro la puerta entreabierta, cualquier podría entrar.
La tensión sube entre expedientes y miradas calientes
Sus dedos suben despacio, rozan el borde de las bragas. Yo no me aparto, al contrario, abro un poco las piernas. ‘Cuidado, que nos pillan’, le digo susurrando, pero mi mano ya va a su entrepierna. Está duro como una piedra, la polla hinchada bajo los pantalones. Nos besamos rápido, lenguas enredadas, sabor a café y deseo. ‘Vámonos a mi despacho’, me dice jadeando. Cerramos la puerta con pestillo, el clic suena como un disparo. Adrenalina pura, coño empapado.
Ya dentro, me empuja contra la mesa, levanta mi falda. ‘Joder, Sonia, estás chorreando’, gruñe mientras mete dos dedos en mi coño resbaladizo. Gimo bajito, ‘Sí, métemelos más hondo, cabrón’. Me arranca las bragas, las tira al suelo. Yo le bajo la cremallera, saco esa polla gorda, venosa, con el capullo ya brillando de precum. ‘Mira qué polla más rica’, le digo lamiéndome los labios. Me arrodillo, el suelo duro me clava las rodillas, pero me da igual. La chupo despacio al principio, lengua alrededor del glande, saboreando esa sal. Él agarra mi pelo, ‘Traga, puta, trágatela entera’. Empujo hasta la garganta, toso un poco, saliva chorreando por la barbilla. La mama como loca, sube y baja, bolas en la mano apretándolas suave.
El polvo crudo e intenso en el despacho privado
No aguanta mucho, me levanta, me pone de espaldas en la mesa, expedientes volando. ‘Te voy a follar como una perra’, dice, y clava la polla de un empujón hasta el fondo. ‘¡Aaaah, joder, sí!’, grito ahogando el gemido con la mano. Me taladra fuerte, pak pak pak contra mi culo, el escritorio tiembla. Siento cada vena rozando mis paredes, el clítoris hinchado rozando la madera. ‘Más rápido, rómpeme el coño’, le pido jadeando. Él me agarra las tetas por debajo de la blusa, pellizca los pezones duros. Cambio de posición, me sube a la mesa, piernas abiertas, me come el coño un rato, lengua en el clítoris chupando fuerte, dedos curvados tocando el punto G. ‘Me corro, Carlos, me corro…’. Explosión, jugos por todas partes, tiemblo entera.
Vuelve a metérmela, ahora misionero salvaje. ‘Córrete dentro, lléname de leche’, le ruego. Acelera, gruñe como animal, ‘Toma, puta de oficina’. Siento los chorros calientes llenándome el útero, contraigo el coño ordeñándole hasta la última gota. Nos quedamos jadeando, sudados, olor a sexo impregnando el aire.
Minutos después, nos arreglamos rápido. ‘Como si nada, eh’, dice él guiñando. Limpio la mesa con toallitas, recojo las bragas arrugadas en el bolso. Salimos por separado, él primero. Vuelvo a mi puesto, piernas flojas, coño palpitando con su semen goteando. El jefe entra, ‘Sonia, ¿todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, sonrío fingiendo normalidad. Por dentro, sonrío de verdad: la próxima vez, en el baño.