Siempre me han dicho que soy una orgullosa de cojones. Lo asumo, joder. No soporto perder, siempre quiero el último polvo… digo, el último palabra. Me ha servido en el curro y en la cama. Hace poco, en la oficina, viví algo flipante. Trabajo en una agencia en Madrid, de redactora. Llego nueva, me duele la espalda de tanto teclear. Preguntan por un compañero que hace masajes, ostéopata freelance para el equipo. Fin de los 40, mitad francés, mitad chino, piel dorada como tailandés, flaco pero fuerte, pelo corto, rasgos finísimos… Dios, qué aura. Me hipnotizó al instante.
Primera sesión en la sala de descanso adaptada. Me pongo en braga y sujetador, él manda, me toca suave pero firme. Su voz… mmm, un ronroneo. Se pega para ajustar, huelo su colonia fresca, siento su aliento en mi cuello. Intento leer sus ojos, impasibles, concentrado. Pero su polla… ¿estaría dura? Yo sí que estaba empapada, coño. A 30 cm de su cara, craqueo. Me lanzo, labios a los suyos. Él se aparta, ‘¡Eh, vamos!’, suave pero firme. Me quedo muerta. Primera vez que me rechazan así. Juego la vergüenza: ‘Perdón, perdí la cabeza…’. Él sonríe leve, ‘Tranquila’. Sigo fingiendo pudor en las siguientes sesiones semanales. Charlamos: él va a la Bretaña, yo también con mi hermano velero. Macrobiótico, periodismo… todo respetable.
La tensión subiendo entre carpetas y miradas
Pero uf, la tensión. Manipulándome boca abajo, imagino que mira mi culo en tanga. Sé que es mi fuerte. Una vez, a cuatro patas en la camilla para estirar. Yo rígida, avergonzada, él pone mano en mis riñones, ‘Camilla, relájate’. Joder, su palma caliente… Fantaseo: ‘Bájame la braga, métemela ya, fóllame como una perra aquí’. Nada, profesional. Otra, boca arriba, cabeza cerca de su paquete. Miro disimulada: ¿bulto? Huele a incienso, imagino su polla musgosa en mi boca. Noches me tocaba pensando en él, gimiendo su nombre.
Última sesión, fin del tratamiento. En su rinconcito privado, puerta cerrada. ‘Quiero darte un regalito’, digo calmada, mirándolo fijo. Silencio, 7 segundos eternos. Me arrodillo despacio, ojos en los suyos. Veo que flaquea, pupila dilatada. Soy la chica seria del curro, periodista pija, no una loca. Irresistible.
El polvo oral salvaje y la vuelta al curro
Empiezo masajeando su polla por el pantalón. Dura ya, gruesa. Froto cara contra ella, ‘Mmm, qué rica…’. Él respira fuerte, se apoya en mesa. Desabrocho, saco esa verga perfecta, venosa, cabezota rosada. La chupo devagar, lengua plana, casi religioso al principio. Él gime bajito, ‘Joder…’. Acelero, garganta profunda, gorgoteos sucios, baba por todos lados. Ensucio su pantalón de pijo con saliva viscosa. Bajo pantalón a rodillas, lamo huevos peludos, perineo, hasta ojete casi. Lo miro: sumisa pero mandona, vengándome del rechazo.
Lo mamo brutal, mano + boca, slurp slurp. Él tiembla, ‘Para, voy a…’. No, lo exprimo. Le saco la leche: chorros calientes en mi lengua. Algunos salpican cara, porno total. Muestro el semen espeso en boca, trago despacio mirándolo. Él jadea, polla chorreando, perdido. Limpio restos con dedo, me chupo. Me levanto, beso labios, ‘Chao, guapo’, guiño. Salgo reinona, sin mirar atrás.
De vuelta al open space, él sale minutos después, serio. ‘¿Todo bien?’, pregunta compañera. ‘Sí, perfecto’. Él asiente, coge café. Yo tecleo como si nada, coño palpitando aún. Adrenalina brutal, casi me corro del miedo a ser pillados. No lo vi más, pero gano yo. Orgullosa hasta la médula.