Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó ayer en la oficina. Trabajo en un bufete grande aquí en Madrid, yo, María, 48 años, divorciada y con ganas de todo. Siempre abierta, ¿sabéis? Me flipa el morbo del curro, ese riesgo de que te pillen. El nuevo becario, Pablo, 22 años, alto, musculoso… uf, desde el primer día sus ojos se me clavaban en las tetas. Yo con mi falda lápiz ajustada, blusa escotada, tacones.
Estábamos en el archivo, reorganizando dossiers. El sitio es un laberinto de estanterías altas, polvoriento, con esa luz tenue que pone cachonda. Él al lado, rozándome el culo ‘sin querer’ al pasar papeles. Yo… me giré, le pillé mirándome el escote. ‘¿Qué miras, chaval?’, le dije riendo bajito. Él se puso rojo, tartamudeó: ‘N-nada, María, es que… hueles tan bien’. Su aliento caliente en mi cuello. El corazón me latía fuerte, coño, la adrenalina subiendo. Le toqué el brazo, fuerte, velludo. ‘Ven, ayúdame con este cajón’, mentí. Cerré la puerta del archivo con pestillo, clic. Espacio privado ya. Nuestros cuerpos pegados entre los archivadores. Sus manos en mi cintura, yo notando su polla dura contra mi muslo. ‘Joder, Pablo, ¿estás así por mí?’, susurré, mordiéndome el labio. Él no dijo nada, solo me besó el cuello, lamidas húmedas. Yo gemí bajito, arqueando la espalda. Sus dedos subiendo por mi falda, rozando las bragas ya empapadas. ‘Estás mojada, puta’, murmuró. Yo reí, excitada: ‘Cállate y fóllame ya’.
La tensión sube entre los archivadores
No aguantamos más. Le bajé la cremallera, saqué esa polla joven, gruesa, venosa, palpitando. Dios, qué ganas. Me arrodillé entre los dossiers, polla en la boca, chupando fuerte, saliva goteando. Él gimiendo: ‘Joder, María, qué boca’. Le metí los huevos en la mano, lamiendo el capullo, tragando hasta la garganta. Se ponía como loco, cogiéndome el pelo. Me levantó, falda arriba, bragas a un lado. Me empotró contra la estantería, polla entrando de golpe en mi coño chorreante. ‘¡Ahhh, sí, rómpeme!’, grité ahogado. Follando brutal, sin condón, piel contra piel. Sus embestidas profundas, coño abierto, clítoris frotando su pubis. Sudor, olor a sexo mezclado con papel viejo. Cambiamos: yo encima, cabalgando esa verga dura, tetas rebotando fuera de la blusa. Él mamando pezones, mordiendo. ‘Me corro, coño’, jadeó. ‘Dentro, lléname’, le rogué. Chorros calientes en mi útero, yo explotando en orgasmos, piernas temblando, coño contrayéndose alrededor de su polla. Gemidos ahogados, miedo a que nos oigan.
Al acabar, jadeantes, sudorosos. Él se subió los pantalones rápido, yo me arreglé la falda, bragas con su leche goteando. ‘Vuelve al curro, becario, como si nada’, le dije guiñando. Él sonrió nervioso: ‘Sí, jefa’. Salimos por separado, yo a mi mesa, sonrisa pícara, coño palpitando aún. Nadie notó nada, pero yo… uf, toda la tarde fantaseando con la próxima. Ese morbo, chicas, es lo mejor.