Follada salvaje en la oficina: Mi polvo prohibido con el compañero

Uf, acabo de salir de la oficina y aún me tiemblan las piernas. Era tarde, como las nueve de la noche, un viernes de septiembre caluroso. El edificio vacío, solo el zumbido de los fluorescentes y el olor a café rancio. Yo, María, secretaria en esta jungla de cubículos grises, con mi falda lápiz ajustada y blusa blanca medio desabotonada. Él, Raúl, el nuevo del departamento de ventas, alto, moreno, con esa camiseta negra que marca sus brazos tatuados y pantalón de trabajo desgastado. Hacíamos horas extras, ordenando expedientes en la sala de archivos del sótano. Espacio angosto, estanterías metálicas hasta el techo, polvo flotando en el aire húmedo.

Al principio, todo normal. ‘Pásame esa caja, María’, dice él, rozándome el brazo. Siento su calor, su olor a colonia mezclada con sudor. Yo sonrío, ‘Claro, pero cuidado, que pesa’. Nuestros ojos se cruzan más de la cuenta. Él se acerca para ayudarme, su pecho contra mi espalda. ‘Estás sudando’, le digo, girándome despacio. Su mirada baja a mis tetas, que se marcan bajo la blusa. ‘Tú también, joder, qué calor hace aquí abajo’. Silencio pesado. Manos que se tocan al coger papeles. Dedos que se entretienen. ‘Raúl, ¿qué miras tanto?’, pregunto con voz ronca, mordiéndome el labio. ‘A ti, coño, no puedo evitarlo. Desde que entraste hoy, con esa falda…’. Me empujo contra él, sintiendo su paquete endureciéndose contra mi tripa. ‘Shh, nos pueden oír’, susurro, pero ya estoy mojada, el coño palpitando.

La tensión subiendo entre miradas y papeles

El espacio se cierra. Apaga la luz principal, solo queda la bombilla amarillenta. Nos besamos como animales, lenguas enredadas, saliva chorreando. Sus manos en mi culo, apretando fuerte. ‘Joder, María, qué ganas tenía’, gruñe. Yo le bajo la cremallera, saco su polla gruesa, venosa, ya goteando precum. ‘Mira cómo estás, cabrón’. Él me sube la falda, rasga mis bragas de un tirón. Dedos en mi coño empapado, ‘Estás chorreando, puta’. Me gira contra la estantería, papeles cayendo al suelo. ‘Fóllame ya, no aguanto’, gimo.

Me clava la polla de un empujón brutal. ‘¡Ahhh, joder!’, grito, sintiendo cómo me abre en dos, el glande rozando mi punto G. Bombeó fuerte, salvaje, el sonido de carne contra carne retumbando en la sala. Sus huevos peludos golpeándome el culo, sudor resbalando por mi espalda. ‘Tu coño es una puta gloria, aprieta así’, jadea, clavándome los dedos en las caderas. Yo me arqueo, tetas rebotando libres de la blusa rota. Cambio de posición, me pone de rodillas en el suelo sucio. ‘Chúpamela, zorra’. Le trago la polla entera, hasta la garganta, babas por todas partes, olor a sexo puro. Me folla la boca, ‘¡Qué buena garganta tienes!’. Luego me tumba sobre una caja, piernas abiertas, me lame el coño, lengua en el clítoris hinchado, dedos metidos hasta el fondo. ‘¡Me corro, me corro!’, exploto, chorros mojando su cara.

El clímax brutal y sin filtros

No para. Me monta de nuevo, misionero crudo, polla entrando y saliendo a chorro. ‘Voy a llenarte el coño de leche’, ruge. Bombeamos sincronizados, adrenalina a tope pensando en que suba el guardia. Orgasmo doble, yo arañándole la espalda, él eyaculando dentro, semen caliente desbordando mis labios vaginales. Gemidos ahogados, cuerpos temblando pegados.

Uf, jadeamos. Se aparta despacio, polla chorreando restos. ‘Joder, qué pasada’. Limpio con kleenex, me arreglo la falda arrugada, blusa mal abotonada. Él se sube el pantalón, recoge papeles del suelo. ‘Venga, volvamos arriba como si nada’. Sonreímos cómplices, salimos oliendo a sexo. En el ascensor, mano en mi culo disimuladamente. Mañana, en la reunión, nos miraremos fingiendo normalidad. Pero sé que repetiremos. El riesgo me pone cachonda perdida.

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