Trabajo en una oficina cutre del centro, rodeada de papeles y fotocopiadoras que zumban todo el día. Hoy, con el calor asfixiante del verano, el aire acondicionado fallaba. Llevaba una falda ajustada y una blusa que se me pegaba al sudor. Mis compañeros, Pablo y Luis, dos tíos guapos del departamento de contabilidad, no paraban de mirarme el culo cada vez que me agachaba a por un dossier.
Estábamos solos en la sala de archivos del fondo, esa zona olvidada donde nadie entra. ‘Ey, Marta, ¿necesitas ayuda con eso?’, me dijo Pablo, acercándose demasiado. Su aliento me rozó el cuello. Luis se apoyó en la estantería, con los ojos clavados en mis tetas. Sentí el calor subiendo, el corazón latiéndome fuerte. ‘Sí… estos putos expedientes pesan’, murmuré, notando cómo mi coño empezaba a humedecerse.
La tensión sube entre los dossiers y las miradas
Pablo me rozó la mano al pasarme un folder. ‘Hace un bochorno aquí, ¿no? ¿Por qué no nos quitamos algo?’, soltó Luis con una risa nerviosa. Dudé, mordiéndome el labio. La puerta estaba entreabierta, voces lejanas en el pasillo. El riesgo me ponía a mil. Me desabroché un botón de la blusa, dejando ver el encaje negro de mi sujetador. Ellos tragaron saliva. ‘Joder, Marta, estás buenísima’, susurró Pablo, su polla ya marcando en los pantalones.
Nos miramos, el aire cargado. Cerré la puerta con pestillo, el clic resonó como un disparo. Espacio privado. Me subí la falda un poco, mostrando las bragas. ‘¿Queréis ver más?’, pregunté con voz ronca. Pablo se acercó, me besó el cuello, sus manos en mis caderas. Luis por detrás, apretándome las tetas. Gemí bajito, el miedo a que entrara alguien me hacía temblar de excitación.
De repente, Pablo me bajó las bragas de un tirón. ‘Mira qué coñito depilado y mojado’, gruñó, metiendo dos dedos dentro. Me arqueé, mordiéndome el puño para no gritar. Luis se sacó la polla, dura como una piedra, y me la restregó por la cara. ‘Chúpala, puta’, ordenó. Abrí la boca, lamiendo el glande salado, mientras Pablo me follaba con los dedos, chapoteando en mis jugos.
El polvo brutal y el regreso al curro como si nada
Me puse de rodillas entre los dos, el suelo frío contra mis rodillas. Mamé la polla de Luis, profunda, hasta la garganta, tosiendo un poco. ‘Así, joder, traga toda’, jadeó él, agarrándome el pelo. Pablo se masturbaba mirándonos, luego me levantó y me empotró contra la estantería. Sus pollas se turnaban: primero Pablo me la metió hasta el fondo, follándome duro, mis tetas rebotando. ‘¡Qué coño tan apretado, me vas a hacer correr!’, rugió.
Cambié a Luis, cabalgándolo en el suelo, mi clítoris frotándose contra su pubis. ‘¡Fóllame más fuerte, cabrón!’, le supliqué, arañándole el pecho. Pablo me metió la polla en la boca mientras, un polvo doble que me volvía loca. Sudor, olor a sexo, papeles cayendo. Sentí el orgasmo subiendo, mis paredes apretando. ‘Me corro… ¡ahhh!’, grité ahogada.
Pablo explotó primero, sacándola y echándome la leche caliente en las tetas, chorros espesos goteando. Luis me dio la vuelta, me folló a lo perrito y se corrió dentro, llenándome el coño de porra. ‘Toma toda mi leche, zorra’, gimió, temblando.
Nos quedamos jadeando, el corazón a mil. Rápido, nos limpiamos con kleenex, leche chorreando aún. ‘Venga, volvamos al curro como si nada’, dije riendo nerviosa, ajustándome la falda. Salimos, caras rojas, pero fingiendo revisar expedientes. En el pasillo, el jefe pasó: ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, contestamos, el coño palpitándome todavía. Adrenalina pura, ya quiero más.