Uf, acabo de salir de la oficina y aún me tiemblan las piernas. Soy Lola, trabajo en una agencia de publicidad aquí en Madrid. Hoy ha sido… intenso. Demasiado. Te cuento como si estuviera susurrándotelo al oído, fresco, con el calor todavía en la piel.
Estábamos mi compañero Pablo –mi rollo secreto, ese cabrón con polla gruesa que me vuelve loca– y yo, revisando expedientes con un cliente nuevo. Se llama Miguel, un tío de unos 70, irlandés afincado aquí, simpático, con acento ronco que eriza la piel. Había tenido un accidente en moto camino a la reunión, nada grave, pero se raspó el brazo. Le ofrecimos café, vendas… y la cosa empezó a calentarse.
La tensión subiendo entre papeles y miradas calientes
Sentados en la mesa, pasando carpetas. Sus ojos… joder, Miguel no paraba de mirarme las tetas bajo la blusa ajustada. Pablo lo notaba, sonreía de lado. Yo sentía el roce de sus rodillas bajo la mesa. ‘Pásame ese dossier, Lola’, dice Pablo, y su mano roza mi muslo. Accidental, claro. O no. El aire olía a café quemado y a su colonia fuerte. Me pongo roja, cruzo las piernas, pero mi coño ya palpita. ‘¿Todo bien?’, pregunta Miguel, con esa voz grave. ‘Sí… sí, solo calor’, balbuceo. Pablo me guiña un ojo. La tensión sube. Miradas que queman. Decidimos pasar a la salita de reuniones pequeña, al fondo, para ‘privacidad’. Puerta cerrada. Click. Corazón a mil. Adrenalina de que alguien entre.
Ya dentro, solos los tres. Espacio chiquito, mesa estrecha. Empiezo a desabrocharme la blusa sin pensarlo. ‘Pablo, ¿quieres ver?’, le digo, voz temblorosa. Él asiente, polla ya dura en el pantalón. Miguel se queda tieso, pero no aparta la vista. ‘Joder, Lola…’, murmura Pablo. Me quito la blusa, sujetador. Tetazas al aire, pezones duros como piedras. Siento su mirada en mi piel, sudor frío. Bajo la falda, tanga empapada. La arranco. Coño afeitado, labios hinchados, brillando de jugos. ‘¿Te gusta, Miguel?’, pregunto, girando. Él traga saliva. ‘Eres… preciosa’. Pablo no aguanta: se baja los pantalones, polla tiesa, venosa, goteando pre-semen.
El polvo brutal: polla dura, coño chorreando y dedos en el culo
Me subo a la mesa, piernas abiertas. ‘Fóllame, Pablo. Delante de él’. Él se acerca, roza mi clítoris con la punta. ‘Estás chorreando, puta’. Empuja. Entra de golpe, polla gruesa abriéndome el coño. Grito: ‘¡Sí, joder! Más hondo’. Me taladra, bolas chocando contra mi culo. Sudor gotea, mesa cruje. Miguel jadea, mano en la polla por encima del pantalón. ‘Tócame el culo’, le pido a Pablo. No, a Miguel. ‘¿Puedes?’. Él duda: ‘¿Segura?’. ‘Sí, dedos en mi ano’. Pablo sigue bombándome, coño apretando su verga. Miguel se acerca, saliva dedos –huele a menta– y mete uno. ‘¡Aaaah!’. Duele rico. Otro dedo. Estiro el culo, él mete tres. ‘¡Me partes el ojete!’. Pablo acelera: ‘Me corro…’. ‘No, espera. Quiero correrme yo’. Froto clítoris, coño chupando polla, ano lleno. Olor a sexo crudo, humedad, sudor. ‘¡Voy! ¡Joder, me corro!’. Explosión. Chorros de mi coño empapan su polla. Él gruñe, eyacula dentro, semen caliente llenándome. Sacude, sale, chorro blanco en mi tripa.
Caigo jadeando. ‘Uf… increíble’. Miguel lame sus dedos, jugos míos. ‘Gracias’. Nos vestimos rápido. Risas nerviosas. ‘Volvamos al trabajo’, dice Pablo, limpiando la mesa con kleenex. Miguel asiente: ‘Como si nada’. Salimos. Reanudamos la reunión. Sonrisas cómplices. Nadie sabe. Pero mi coño palpita aún. Mañana… ¿repetimos? Dios, la adrenalina.